Mesianismo y mercancías »

La noche del patriarca

17 Jun 2006, by Quiñonero, Categories: Archivo

[15/10/95 20:04:01] Quienes todavían duden del puesto eminente de François Mitterrand en la historia de la destrucción de las ideas socialistas, quienes todavía mediten sobre el crepúsculo de las ideas socialistas, en Francia, víctimas de una tragedia shakesperiana, deben leer con mucha urgencia « Verbatim » (III, 1.988-1.991, Ed. Fayard), de Jacques Attali, que, desde su antiguo despacho personal, en el Elyseo, cuenta la crónica negra del vampirismo de los hombres devorándose así mismos, perdidos en los laberintos del poder, entregándose a sórdidas venganzas, en nombre de palabras condenadas al cementerio universal.

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Consejero personal de Mitterrand, durante más de veinte años, Attali ocupó un puesto eminente en la historia de la llegada y el ejercicio del poder personal más absoluto. Instalado a unos metros del patriarca, en el palacio del Elyseo, él siguió, al mismo tiempo, el crepúsculo y el hundimiento fáustico de las ideas. Dando la palabra a Mitterrand, sin comentarios, ejerciendo de amanuense fiel, Attali aporta hoy un testimonio evidentemente mayor. Alejados del poder, el presidente, y su más íntimo consejero, ninguno tiene ningún pudor en dejar al descubierto los comentarios más crueles, las sentencias más feroces e implacables.

Sobre la evolución del pensamiento y la acción socialista de todos sus herederos, Mitterrand, citado por Attali, el 2 de octubre de 1.989 no parece tener unas esperanzas ni un optimismo frenéticos: « Yo les he dado todo lo que tienen. Y ellos lo destruyen todo. La soberbia de Jospin, la suficiencia de Fabius, la mezquineria de Rocard... ». El presidente confirma y puntualiza su propia visión del futuro de su partido, y sus ideólogos, con este comentario del 18 de marzo de 1.990: « ¡Son una banda de locos suicidas! ¡Unos imbéciles!»

Sobre la evolución de la política económica de su propio gobierno, tras sucesivas devaluaciones de la moneda nacional (1.983), el incremento inexorable del paro, y el sacrificio de varios primeros ministros, Mitterrand se instala así mismo en el Olimpo, para dejar a Pierre Beregoboy las bajas tareas de la política monetaria, ajusticiándolo, verbalmente, con este comentario del 5 de febrero de 1.991: « Yo no he sido elegido para privatizar y enriquecer a los capitalistas. Beregovoy se ha convertido en un aliado de Rocard, que es un personaje mezquino y sin solución ». Beregovoy se pegó un tiro en la sien, el primero de mayo de 1.993, abandonado políticamente por el presidente y su familia política.

Cuando habían fracasado, sin remedio conocido, varias décadas de teorías políticas y económicas de la izquierda francesa, y el PS se hundía en las guerras de clanes y sectas, sin ideología, sin cultura, perdido en el laberinto de los escándalos, la corrupción, y el poder, Mitterrand descubrió el encanto personal de un aventurero sin escrúpulos, Bernard Tapie, presidente del OM de Marsella. De la ruptura con el capitalismo, la unión de la izquierda y la construcción del socialismo a la francesa, Mitterrand se pasa alegremente al aventurerismo populista de un personaje que él presenta en estos términos, el 7 de julio de 1.990: « ¡Este hombre es un triunfador! Debemos conquistarlo para nuestro bando. Debe entrar en el gobierno ». Tapie, efectivamente, entró en sucesivos gobiernos socialistas, antes de ser acusado, inculpado y condenado por corrupción, estafa, malversación de bienes, compra de jugadores de fútbol con dinero negro, contando con el apoyo de diputados socialistas que llegaron a cometer perjurio, ante un juez, para defender a un simple estafador...

Limitándose a dar la palabra a Mitterrand, en la intimidad cruel de los palacios presidenciales, anotando cada noche las palabras del líder carismático de la izquierda francesa, durante veinticuatro años, Attali ha escrito un libro melancólico y feroz. La retórica ideológica se descubre, en verdad, como un arma de conquista y ejercicio del poder, manipulando las conciencias sin excesivos escrúpulos. La retórica supuestamente humanista se descubre, en verdad, como un discurso huero, arcaico, un velo verbal para mejor encubrir la realidad implacable de las relaciones de fuerza. Durante los últimos años de ejercicio solitario del poder, dos amigos íntimos del presidente de pegaron un tiro en la sien, para hacer frente, con cierto heroísmo, a una profunda crisis moral. Mitterrand, en la sombra, ahora parcialmente desvelada, tiene algo de inquilino de un castillo poblado de sombras y aves rapaces, devorándose las unas a las otras, en la soledad sin fin de la muerte de las ideas.

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