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Sin ser completamente escandalosas, las habilidades inmobiliarias y fiscales de Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal introducen en la campaña un imprevisible pero muy negativo factor, cuando los candidatos mejor situados en los sondeos intentan “elevarse” hacia la estratosfera de la diplomacia mundial, sin poder olvidar que François Bayrou los amenaza roturando las tierras del centro político.
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Sarkozy había programado el lanzamiento del capítulo diplomático de su campaña electoral con visitas ecuménicas a Londres, Berlín y Madrid, haciendo campaña personal y dorando su estatura de hombre de Estado, sensible a la política nacional pero “responsable” ante las políticas de los vecinos más influyentes.
Como colofón a tales viajes, orquestados con mucha propaganda periodística y audiovisual, Sarkozy había programado presentar, ayer, su proyecto diplomático personal. El semanario satírico Le Canard Enchaîné vino a aguar la fiesta diplomática, presentado un documentado informe sobre un piso de 233 metros cuadrados, comprado, reformado y vendido, en Neuilly-sur-Seine, cuando el ministro candidato era alcalde de esa ciudad, en las afueras residenciales de París, en unas condiciones económicas excepcionalmente favorables.
Le Canard Enchaîné cuenta con prolijo detalle como Sarkozy compró en 1997 un piso por 876.227 euros, vendido nueve años más tarde por 1.942.000 euros. Una plusvalía de un 122%. Una plusvalía importante, pero muy semejante a la de cualquier otro propietario de un bien inmobiliario de ese tipo. Hasta ahí, todo está en regla. Le Canard aporta detalles mucho menos habituales. Una compra realizada en condiciones de favor, por un promotor que deseaba tener buenas relaciones con su alcalde. Y unas reformas pagadas por el constructor, en unas condiciones que harían soñar a cualquier comprador afortunado.
Sarkozy denuncia una operación lamentable, baja, miserable. Pero no presentará ninguna querella contra el semanario, que tampoco habla de escándalo ni de operaciones ilegales. La compra venta del piso de Sarkozy fue perfectamente legal. El semanario insinúa un trato de favor, que introduce dudas y reservas.
Le Canard Enchaîné anuncia un informe más o menos semejante sobre las “habilidades” inmobiliarias y fiscales de Ségolène Royal y su compañero, François Hollande, primer secretario del PS. Tal anuncio quizá explique la discreción absoluta de la candidata socialista ante las tribulaciones inmobiliarias de su rival conservador. Por una vez, Sarkozy y Ségolène están de acuerdo en algo: silenciar unos problemas que quizá solo sean el fruto de la imaginación malévola de un semanario satírico. Aunque nadie duda de su evidente alcance electoral.
PROYECTOS DIPLOMÁTICOS
Ante tal coyuntura, Nicolas Sarkozy decidió responder con silencio aparentemente olímpico, consagrado a glosar los importantes matices de su proyecto diplomático personal, que no supone una ruptura radical con la diplomacia tradicional francesa de las últimas décadas, pero si aporta matices significativos.
En el terreno bilateral, Sarkozy intenta calmar las reservas de Angela Merkel y no se opone de manera frontal a Rodríguez Zapatero. Apoya veladamente el reformismo de Tony Blair, con un matiz europeo personal: proponer un “mini” Tratado constitucional europeo, para poder aprobarlo, en París, por la vía parlamentaria, sin convocar un nuevo referéndum que alarmaría profundamente a toda Europa.
Ante Washington y las relaciones trasatlánticas, Sarkozy es partidario de una amistad “franca”: solidaridad sin falla, pero “crítica amistosa” ante la guerra de Irak. Ante Moscú, el candidato conservador pone un énfasis poco tradicional en la diplomacia francesa en la defensa de los derechos humanos.
Ante Oriente medio, Sarkozy estima “desproporcionada” la “reacción” de Israel ante los ataques de Hizbolá que precipitaron la guerra del verano pasado. Y es partidario de cierta dureza siquiera verbal contra Irán.
Siendo tan capital el proyecto diplomático de cada candidato, en esta ocasión, a estas alturas de la campaña, la “polución” inmobiliaria de Sarkozy y las meteduras de pata de Ségolène difuminan significativamente tales cuestiones de fondo: el elector medio está mucho más preocupado por comprender la verdadera personalidad de unos candidatos a la jefatura del Estado cuyas tribulaciones personales tienen un “morbo” que no tiene la alta diplomacia mundial.