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Sonámbulos ausentes

3 Jun 2006, by Quiñonero, Categories: Opinión

España quizá haya perdido definitivamente la oportunidad histórica de servir de “puente” entre la construcción política de Europa y la construcción política de las Américas, que fue una de sus legítimas aspiraciones, tras el ingreso en la antigua CEE, cuando la transición española fue estudiada en el Cono sur como un “modelo”, definitivamente difunto, víctima de la diplomacia ideológica, la “balcanización” de los intereses nacionales y una influencia periférica en la actual UE.

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El momento álgido de la influencia española en la UE puede fecharse en la adopción del Tratado de Niza (2001), cuando el peso nacional en las instituciones europeas alcanzó una cota significativa. El difunto proyecto de Tratado constitucional europeo, preludiaba un retroceso creciente. Durante los últimos diez meses, París rechazó la iniciativa institucional española de ampliar las cumbres bilaterales a las regiones fronterizas, Berlín y Londres denuncian los riesgos del “nacionalismo” económico, y las iniciativas europeas españolas han tenido un eco muy modesto, incluso cuando se trata de pedir socorro para afrontar la tragedia de la inmigración subsahariana.

El momento álgido del “puente” español entre Europa y América latina puede fecharse en la segunda cumbre de presidentes y jefes de Estado de la UE y Mercosur, en Madrid (2002), culminando una larga década de acuerdos bilaterales entre la UE y los Estados americanos, echando los cimientos de una arquitectura diplomática sin precedentes. Desde entonces, el “puente” español no ha dejado de fragilizarse. En materia de política agraria común, España hace frente común con Francia, agresivamente hostil a la apertura de las fronteras europeas a los productos americanos. El grado cero de la influencia española se alcanzó en la reciente cumbre de la UE y los países de América latina, en Viena, cuando la voz española fue perfectamente inaudible.

Durante los últimos veinticuatro meses, la diplomacia ideológica ha roto muchos puentes, se ha instalado en una posición periférica (en Europa y América, norte y sur), sin influencia visible en la marcha de unos acontecimientos catastróficos, para Europa, para América latina y para los intereses españoles.

El nacionalismo revolucionario de Cuba, Venezuela y Bolivia ha dinamitado todos los fundamentos diplomáticos e institucionales de la construcción política de una América latina unida. España ha guardado un silencio cómplice. El bonapartismo cuartelario de Hugo Chávez ha desenterrado varios conflictos regionales, ante la silenciosa impotencia española. El voluntarismo ideológico gubernamental ha sido perfectamente inútil para afrontar ninguno de los problemas regionales. La balcanización de los mercados energéticos americanos convierte a España en un espectador ausente, en la periferia de la UE.

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