« Desencanto y restauración de la crítica

Las culturas vascas, en la encrucijada

30 Sep 2007, by Quiñonero, Categories: Ensayos

[7 enero 2001] José Irazu Garmendia, que es uno de los más grandes renovadores de la lengua y la literatura vasca, con el nombre de Bernardo Atxaga, ha recordado, en un poema justamente célebre, Escribo en una lengua extraña, que durante cuatro siglos no se publicaron en euskera más de un centenar de libros, el primero en 1545, el más importante en 1643, el Nuevo Testamento calvinista en 1571, la Biblia católica hacia 1860. “El sueño fue largo, la biblioteca breve”, escribe Atxaga, concluyendo: “Pero en el siglo XX, el erizo se despierta...

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VASQUIZAR ESPAÑA, EN ESPAÑOL

Desde sus orígenes últimos, la gran literatura vasca, en castellano y euskera, ha estado muy marcada por el mesianismo religioso y su participación activa en las grandes aventuras y conflictos españoles. Los primeros balbuceos de una lingüística vasca datan del siglo XVI, cuando algunos cabalistas vasco-cristianos estaban totalmente convencidos de que el euskera tenía un origen literalmente divino y era una de las lenguas originales, que pudieron salvarse en el Arca de Noé.

El primer romanticismo vasco retomó parcialmente esas concepciones mesiánicas, influyendo de manera decisiva, quizá, en el mesianismo político de finales del XIX,sembrando los mesianismos que vendrían, hasta nosotros. Sin embargo, quizá sea sensato recordar que Alonso de Ercilla y Zúñiga, el autor de La Araucana, nació y murió en Madrid, pero era originario de Bermeo, como toda su familia. La epopeya histórica y literaria de ese gran poema épico es contemporánea de otros vascos que jugaron un papel sin duda mayor en la historia política, religiosa, literaria y cultural de España. Pienso, efectivamente, en Juan Sebastián Elcano, Lope de Aguirre e Ignacio de Loyola, entre otros.

Tras cuatro o cinco siglos de cultura vasco-castellana muy monolingüe, el despertar definitivo de la lengua y la cultura en euskera, en el siglo XX, coincide, por otra parte, con los grandes aldabonazos que sacuden y refundan la conciencia española moderna. En 1888, a los veintitrés años, el joven Miguel de Unamuno se presentó al concurso de la cátedra de vascuence creada por la diputación de Vizcaya. Entre los opositores se encontraban Sabino Arana, patriarca y futuro fundador del PNV, y el poeta y sacerdote Resurrección María de Azcue, que ganaría la cátedra.

El joven Unamuno publicó una veintena larga de artículos consagrados a la lengua y la cultura vasca, estimando que, en verdad, a su modo de ver, el euskera tenía, ya, una larga historia, cuando el castellano, el español, todavía no había nacido. Sin embargo, Unamuno tomó muy pronto una decisión radical: a su modo de ver, la modernización del País Vasco pasaba por el uso del castellano, con dos objetivos no sé si muy realistas: “Vasquizar España y españolizar Europa”. Unamuno llegó a escribir poemas en uno de los dialectos euskéricos de su tiempo, pero su concepción de la lengua como “sangre del alma y espíritu” pasaba por el cultivo del castellano, que, a su modo de ver, debía ser la lengua de la modernización universalista de su tierra vasca.

LITERATURA ORAL TRADUCIDA AL CASTELLANO

Don Pío Baroja, Ramiro de Maetzu y Juan Larrea también fueron vascos, pero abordan los mismos problemas desde distintos ángulos. Baroja y su padre llegaron a coquetear con la poesía popular en euskera. Don Pío escribió grandes cuentos y novelas de tema vasco. Atxaga piensa que, en verdad, Baroja «traduce» al castellano una realidad rural que se expresaba originalmente en euskera. Es muy posible. Larrea, por su parte, tuvo una infancia bilbaína y cursó estudios universitarios en Deusto. Pero toda su obra poética, capital, a juicio de Gerardo Diego, se hizo en castellano y francés.

El despertar cultural del erizo evocado, como metáfora, por Bernardo Atxaga, se consuma, a lo largo del siglo XX, a través de una historia política muy conflictiva, cuyas raíces culturales, lingüísticas y literarias tenían, originalmente, una vocación ecuménica evidente. Toda la obra de José Miguel de Barandiarán, el patriarca fundador de la antropología cultural vasca, hasta la guerra civil, reposa en un principio cardial: traducir al castellano y al francés capítulos esenciales de la prehistoria y la historia cultural y religiosa vasca. El retorno definitivo de Barandiarán, en 1953, tras sus diecisiete años de exilio, se consuma en la Universidad de Salamanca, gracias al decidido apoyo de otro «vascólogo» eminente, Antonio Tovar.

Desde 1947, cuando asume la dirección de la Sociedad Internacional de Estudios Vascos, hasta su muerte, en 1991, la obra inmensa de Barandiarán se hace y se publica, en castellano, en las universidades de Navarra, el País Vasco, Salamanca y Madrid. Y una parte esencial de ese trabajo, colosal, y determinante, en muchos capítulos de la etnología vasca, consiste, precisamente, en traducir al castellano enormes cantidades de documentos y literatura oral vasca, que a través del castellano encuentran su definitiva vocación universal.

GRAMÁTICAS ESCRITAS EN LA CLANDESTINIDAD

Los trabajos pioneros de Barandiarán abrieron inmensos terrenos de estudio. Pero, en definitiva, en el terreno literario y cultural, el País Vasco se encontraba y continúa estando, parcialmente, en una situación de evidente «balcanización» lingüística: según el padrón de 1991, el 26,4 por ciento de los vascos son euskaldunes (capaces de hablar normalmente el euskera), el 16,2 por ciento son bilingües pasivos (hablan castellano pero entienden el euskera), mientras que un 57,4 por ciento de los vascos, son erdaldunes, hablan castellano y no entienden el euskera.

Madrileño de nacimiento, con evidentes raíces vascas, Julio Caro Baroja dejó en su monumental estudio Los vascos un retrato muy aproximado de las infinitas raíces y ramificaciones de esa realidad cultural. Antonio Tovar, en Alemania, Madrid y Salamanca, contribuyó a refundar los estudios lingüísticos vascos. Pero fue, sin duda, Luis Michelena, el más eminente, quizá, de todos los lingüistas vascos de todos los tiempos, quien echó los fundamentos de un cambio decisivo: la unificación del euskera, en 1968, en Oñate-Arantzazu...

No se me oculta que la Euskalzaindia, Real Academia de la Lengua Vasca, tiene su propia historia. Y la unificación del euskera fue el fruto de una larga, compleja y todavía mal estudiada historia. Hace pocos años, Juan San Martín, académico de Euskalzaindia, todavía insistía en que, en verdad, la unificación del euskera, el nacimiento del euskera «batua» (euskera unificado), es muy anterior al Congreso de Arantzazu del 68, recordando otros trabajos pioneros, como un informe sobre el guipuzcoano redactado por Azcue, y varias gramáticas redactadas en la clandestinidad, en la inmediata posguerra.

Salvando esas cuestiones de matiz y erudición, creo, honradamente, que nadie discute hoy seriamente el puesto de Luis Michelena como lingüista y primer gran historiador de la literatura vasca. Desaparecido prematuramente, tampoco es fácil olvidar un punto esencial de su magno legado intelectual: su decidida oposición personal a la enseñanza e imposición administrativa, forzada, del euskera...

VASCOS DE DISTINTAS SENSIBILIDADES

Personalidad fuera de serie, erudito excepcional, creador, en definitiva, de la filología vasca contemporánea, Michelena estimaba que, a su modo de ver, la coacción política y educativa eran una amenaza grave para el futuro mismo del euskera y su cultura.

Los trabajos de Michelena y la Real Academia de la Lengua Vasca concluyeron, provisionalmente, dotando al euskera de una variedad escrita unificada, el euskera «batua», llamado, en principio, a imponer su supremacía administrativa y cultural al resto de los dialectos vascos. Pero, en verdad, la realidad cultural de los últimos treinta años parece poner de manifiesto tensiones de imprevisible evolución: Hay euskaldunes (vascos que utilizan normalmente el euskera), como Jon Juaristi, que, al mismo tiempo, no se consideran nacionalistas. Hay euskaldunes de adopción (como el dramaturgo Alfonso Sastre), que se consideran ultranacionalistas tras haber hecho una dilatada carrera en castellano. Hay euskaldunes de adopción, como Manuel Roncero, que trabajan en una revisión del texto de la Biblia en euskera «batua». Hay euskaldunes, como Atxaga, que intentan conciliar posiciones muy complejas. Hay escritores vascos, en euskera, que escriben una literatura política muy próxima la militancia pro-etarra. Hay escritores vascos de adopción, en castellano, como Raúl Guerra Garrido, oriundo de León, si no recuerdo mal, que nos hablan de la otra realidad, más próxima a quienes son víctimas del terrorismo. Hay, por último, no pocos vascos de pura cepa, como Ramiro Pinilla, cuya obra escrita en castellano es sencillamente indispensable para intentar entender la realidad vasca de nuestro tiempo.

Esa realidad complejísima existe desde hace siglos, con infinitos matices. Pero los escritores de muy distinta obediencia siempre habían conseguido convivir e intentar establecer vías de diálogo, incluso cuando religiosos, agnósticos, novelistas, cronistas y poetas defendían posiciones lingüísticas diferentes. El caso más evidente y reciente quizá sea el de la correspondencia de Gabriel Celaya y Gabriel Aresti, que fueron
contemporáneos y tenían, por momentos, algunas coincidencias de fondo en el terreno poético.

CELAYA, OTERO Y ARESTI

Celaya, como Ángela Figuera y Blas de Otero, fue un poeta muy político, militante comunista, cuya obra se hizo en castellano. Aresti está considerado como el gran renovador de la poesía vasca escrita en euskera.

Celaya fue un poeta muy popular, durante muchos años. Aresti continúa siendo el poeta vasco más leído, quizá, en euskera. Cuando se publique la correspondencia entre ambos escritores vascos, en castellano y euskera, quizás se descubran matices desconocidos sobre el debate de fondo. Hoy por hoy, sólo sabemos que Celaya prefirió el castellano como arma de combate, mientras que Aresti inicia la modernización de la poesía escrita en euskera huyendo, creo, de toda dictadura de partido u obediencia administrativa de cualquier tipo. Esa diferencia importante no les impedía, bien al contrario, dialogar de manera muy amistosa.

Ese diálogo y construcción de una cultura, respetando y reclamando la libertad del otro y de todos, está en el origen último de toda la obra de todos los grandes escritores vascos del último medio siglo. Blas de Otero se acuerda de Bilbao en Moscú, en Sanghai, en La Habana. Y lo hace siempre en castellano. Rafael Sánchez escribió en su español muy barroco una de las apologías de Bilbao más bellas que se han escrito nunca. Luis Martín Santos nació en Larache, accidentalmente, pero hizo su obra en San Sebastián. Ignacio Aldecoa quizá sea uno de los narradores españoles más importantes de todos los tiempos, y no es fácil olvidar sus orígenes vascos. Luis de Castresana tuvo una corta celebridad con un libro injustamente olvidado, que se llama El árbol de Guernica. Miguel Sánchez-Ostiz es navarro, pero buena parte de su obra narrativa y crítica tiene muchas «pasarelas» con los problemas del País Vasco. A caballo entre varios géneros y disciplinas, no es fácil olvidar los poemas y prosas poéticas del escultor Jorge Oteiza, que, por momentos, recuerdan la gracia de algunas páginas de Ramón Gómez de la Serna.

FLOR DE BALADAS VASCAS

Existen, igualmente, grandes escritores euskaldunes, mal conocidos fuera del País Vasco, como Txillardegi, Jon Mirande, Loidi, Irigoien, San Martín, Martín Ugalde, Mikel Lasa, o Bernardo Atxaga, cuya fama, muy reciente, quizá debiera ser un estímulo para el descubrimiento de otros escritores vascos menos conocidos. ¿Dónde situar, todavía, a autores como Pablo Antoñana, Ramón Saizarbitoria, Pedro Ugarte o Fernando Aramburu, Anjel Lertxundi?... Para subrayar, siempre, la complejidad inflamable del problema, quizá sea sensato no olvidar que también hay escritores castellanos que han escrito con distinta fortuna novelas relacionadas con el País Vasco, hoy, como Isaac Montero, Manuel Vázquez Montalbán, o Félix de Azua.

Esa realidad plural y multiforme también comporta muchas zonas oscuras y mal exploradas. Buena parte de la literatura vasca de los últimos veinte o treinta años se ha publicado en revistas que en otro tiempo se hubieran llamado underground, siguiendo las modas californianas de los años sesenta y setenta. Y ese carácter subterráneo nos oculta lo peor y lo mejor.

Parte de la obra de autores como Atxaga, o el mismo Juaristi comenzó a publicarse en ese tipo de publicaciones. Hoy, no pocos profesores y antólogos conceden una importancia excepcional a la literatura de combate y el agit-prop de la tradición marxista consagrada a la propaganda etarra. Al mismo tiempo, poetas como Juaristi prolongan la tarea de los patriarcas fundadores, traduciendo, al castellano, poesía popular escrita en euskera. Pienso en su todavía reciente antología bilingüe Flor de Baladas Vascas.

EL REY, DEFENSOR DEL EUSKERA

Sólo la libertad, imprescindible, y la tolerancia y comprensión mutuas, pudieran permitir que esas inmensas raíces den nuevos frutos maduros, libres del cáncer del Terror. La existencia de una literatura vasca escrita en castellano y euskera, desde hace siglos, es una realidad oceánica. En una sociedad donde el 26,4 por ciento de los vascos son euskaldunes (capaces de hablar el euskera «batua» con relativa normalidad), el 16,2 por ciento entienden algunos de los dialectos vascos pero no los hablan, y el 57,4 por ciento hablan español y no entienden vasco, la novela y la poesía han tejido finísimas relaciones seculares, que la violencia y el terror amenazan de manera sombría. En la historia contemporánea, quizás fue Alfonso XIII el monarca y primer jefe de Estado en salir en defensa del euskera, durante el primer congreso de Eusko Ikaskuntza-Sociedad de Estudios Vascos, en 1918, declarando de manera muy solemne: "El euskera es la lengua de muchos españoles, que se ha de defender, respetar y fomentar". Don Juan Carlos ha citado textualmente a su abuelo, en varias ocasiones, haciendo gestos de comprensión y buena voluntad.

Sin embargo, las relaciones entre los escritores vascos de muy distinta obediencia y las jerarquías nacionalistas, del PNV, muy mayoritariamente, son sencillamente execrables, desde Baroja y Unamuno, cuando menos.

El anarquismo liberal o conservador de don Pío era sencillamente alérgico a las doctrinas nacionalistas. Los héroes vascos de Baroja son individualistas y víctimas de todo tipo de fanatismos. La «religión» de la lengua de Unamuno entró desde su primera juventud en franca guerra de posiciones contra los políticos nacionalistas. Don Miguel estaba convencido de que la modernización del País Vasco pasaba por la lengua española, y su pasión por Bilbao pasaba por la reconstrucción espiritual de España.

La tragedia de la guerra civil agravó de manera cancerosa esas divergencias de fondo originales. El autor de la música del Cara al Sol falangista era vasco de pura cepa, como Sánchez Mazas. Michelena, por el contrario, sufrió la represión y la persecución franquistas, muy duras, como tantos otros.

Barandiarán regresó del exilio en los primeros años de la posguerra. Aresti y otros grandes escritores euskaldunes más recientes comenzaron a publicar en las postrimerías del franquismo. La “fundación” del euskera “batua” (euskera unificado), data de 1968, muchos años antes de la muerte de Franco.

LIBERTAD AMENAZADA

La Constitución de 1978 abrió perspectivas inéditas. Sin embargo, las políticas culturales de los últimos veinte años, puestas en práctica por el PNV, en solitario o en coalición, han desembocado en una fractura cultural sin precedentes en la historia del País Vasco. El euskera “batua” no ha resuelto, definitivamente, el problema lingüístico del resto de los dialectos vascos, vizcaíno, guipuzcoano, alto navarro, bajo navarro,labortado y suletino. El euskera administrativo no siempre es comprensible para los mismos euskaldunes, ni mucho menos. La imposición forzada de la lengua contraviene todos los fundamentos de la libertad y las doctrinas universales defendidas por la ONU y Naciones Unidas, y ha podido servir de cobertura «política» a la extorsión, el chantaje, la violencia y el terror.

El bonapartismo de sucesivas administraciones nacionalistas ha abierto y ahondado de manera fraticida una guerra civil-cultural sin precedentes, enfrentando de manera odiosa a escritores que podrían convivir en paz si la violencia administrativa y la violencia callejera no los sometiesen a un régimen de terror permanente, dinamitada la libertad al uso de la lengua la palabra. Hay demasiados y trágicos ejemplos. Siguiendo una gran tradición criminal, el verano pasado, un comando terrorista incendió la farmacia del escritor Raúl Guerra Garrido, que nació en tierras leonesas, por el delito de escribir y pensar en castellano, en San Sebastián. Mikel Azurmendi, entre tantos otros, tomó la decisión de marcharse del País Vasco, para intentar escapar al clima de terror físico permanente. ¿Es necesario recordar que la lengua, la poesía, la novela, la literatura son víctimas del terror ideológico? ¿Es necesario volver a evocar las huellas sombrías de la quema de libros en la historia de la destrucción de la conciencia del hombre moderno...?

LAS RAÍCES DE LA TRAGEDIA

Todavía quedan por escribir muchas páginas de la historia de las lenguas y la cultura. En términos puramente culturales, todavía estamos muy lejos de poder calibrar la Importancia y consecuencias definitivas de la “explosión” del euskera “batua” (euskera unificado). Nos queda la emergencia de una o varias literaturas paralelas, Complementarias e indispensables. Para mi sensibilidad, la mejor introducción a ese proceso histórico, la mejor crónica literaria de esa gran aventura, continúan siendo las novelas escritas en castellano por el vizcaíno Ramiro Pinilla, que, para mi gusto, es el escritor vasco más importante de nuestro tiempo. No soy el primero, afortunadamente, en recordar a Faulkner y Onetti, para evocar la figura del autor de Las ciegas hormigas, que fue premio Nadal en 1960. Guecho, Las Arenas, Neguri, son para Ramiro Pinilla, el equivalente de la Santa María de Onetti, o el condado faulkneriano de Yoknapatawa. Desde hace cuarenta años, Pinilla nos habla, con emoción y dolor, de los problemas y las raíces más hondas de esa inmensa tragedia de nuestro tiempo. Tragedia que él nos ayuda a entender, comprender e intentar redimir, a través de la literatura y la lengua, tierra de nadie y de todos. Que así sea. Amén.

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