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El tiempo recobrado
JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS
[ABC, 13 abril 2004] Marcel Proust está presente de muy distintas maneras en este volumen (1) de memorias de Juan Pedro Quiñonero. Podría decirse que el dispositivo de su arranque es la configuración de un personaje que adquiere conciencia de sí mismo en el momento en que pone en marcha la linterna mágica del tiempo vinculada a unos lugares, pero sobre todo a las lecturas, a la arquitectura sentimental que unos libros han ido construyendo.
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Juan Pedro Quiñonero hace solidarios e indistinguibles experiencia y lecturas, de forma que el fluir del tiempo y de la experiencia se anudan desde el comienzo al aprendizaje del poder revelador de las palabras. Unas begonias plantadas por Carmen, su mujer, traídas de los jardines de la infancia, se entreveran con el perfume de una tienda de mieles en Azorín o el gorjeo de un tordo en el castillo de Montboissier. Pero tal contigüidad de los espacios evocados y los libros leídos no precipita ninguna clase de culturalismo. Quiñonero ha construido una voz memorialística culta pero no culturalista; antes bien, es una voz profundamente comprometida con su lugar de hombre desterrado en la estirpe de quienes lo precedieron, sus padres, como consecuencia de la tragedia cainita que vivió España. Hacía tiempo que no leía un libro tan verdadero, tan radicalmente honesto, como estas memorias de quien desde la lejanía de los espacios escribe para dar cuenta de la casa de lenguaje que ha construido para vivir, para ser.
Tabla de salvación
Casa del lenguaje, casa del ser. Hay una reflexión importante al hilo de este sintagma heiddegeriano. Quien ha sido autodidacta, quien ha vivido profesionalmente ligado a las palabras, por su tarea de periodista, pero siempre en los aledaños, por fuera, espectador crítico y muy pocas veces cómplice de los avatares culturales cuando éstos son poder, se enfrenta ahora a la tarea de decir su casa, el espacio imaginativo que ha logrado finalmente convertir en su patria, como modo de legado y testimonio ético. Quiñonero encuentra en la literatura la tabla de salvación del destierro, del único destierro que habría sido verdaderamente trágico, el del lenguaje, el de la palabra concebida como creación, hecha carne, según reza el versículo de Juan I, 14, y que el autor, como después haría Borges con su poema, elevó a título de una obra suya. La emoción que al lector asalta en las páginas de este libro es de raíz ética, y es literaria a un tiempo, desde esa misma radicalidad de quien conoce íntimamente indisolubles ambos brotes. Como Steiner en sus últimos libros, singularmente en Errata, la pregunta que Quiñonero lanza como un desafío podría glosarse así: ¿qué otra forma de destierro es mayor que la del lenguaje, cuando llegue el tiempo, si no ha llegado ya, de vernos incapaces de encontrar la casa del ser que solamente es dado hacer a la literatura como creadora de mundo, de espacios habitables, allí donde respira el alma?
Todo el libro tiene esta pregunta de fondo, y supone una apuesta ética, el testimonio de una arquitectura sentimental hecha de libros y de vivencias desde ellos recobradas, rescatadas del río del tiempo. Por eso el modelo, el gran estilo que aquí emerge, es Proust, pero más allá de la cita concreta, se ha hecho urdimbre que atraviesa todo el libro con el temblor emocionado de cada revelación, se la haga Josep Pla, sea Nabokov, o la beba en el Cántico de Jorge Guillén.
Muy pocas veces un libro de memorias que lo es de lecturas resulta tan vital, tan verdadero. Para lograrlo, Quiñonero ha compuesto una cuidadísima orquestación, de manera que a cada episodio vital, a cada recuerdo, le corresponde la glosa interna de un libro, de los grandes libros en que ha basado la novela de su aprendizaje, tejido en los telares más diversos, de literatura escrita en español, catalán, francés, inglés, alemán. Todos ellos, eso sí, con esa pátina del Grand Style que exigía Juan Benet, no tanto según dije por distinción externa, culturalista, sino por el procedimiento de arrancar a cada libro la emoción precisa para decir la de su alma, en cada momento de su propia biografía personal. De ese modo, la literatura es gran estilo cuando logra encarnarse, construir moradas habitables para ese destierro de un hijo de la posguerra, en primer lugar, pero a medida que el libro avanza, vemos que el destierro puede ser un destino del hombre contemporáneo cuando ha perdido los referentes básicos de su arquitectura espiritual.
Páginas memorables
El libro, desde esta dimensión ética, regeneracionista, heredero del programa de los viejos institucionistas en que se educó de niño, está lleno de aciertos y consigue páginas memorables. Con un nudo en la garganta deja el lector el emocionado retrato de Feliciano Fidalgo y su explícita crítica a las servidumbres del periodismo; con alegría celebra el retorno de Rosa Chacel vivido como amistad entusiasta, o asiste a la luminosa complicidad con la pintura de Ramón Gaya. Julio Cortázar es visto en su final como personaje de un tiempo que arrastraba su muerte. Otras veces es valiente denuncia de mendacidades labradas al calor de una imagen pública deshonesta, como ocurre a un ex ministro memorialista o, ¡ay!, asistimos a la falta de generosidad de un Premio Nobel que habría precisado de ella para ser lo grande que quería.
Hay retratos de primera mano que ayudarán a trazar la historia del periodismo cultural en la España del último franquismo, confidencias que nos acercan a personajes entrevistos con lucidez, y también mucha crítica literaria de lector sagaz, experimentado, que sabe decir de cada novela o libro de poemas su voz más clara, su aliento inconfundible. Somos también los libros que leemos, y los buenos, como éste, nos hacen mejores.
(1) Retrato del artista en el destierro. Edicions Cort.