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Luis Rosales, Atenas, los siglos áureos, la Recherche y nosotros

21 Sep 2007, by Quiñonero, Categories: Escritos

[La casa encendida, capítulo 40 de mi Retrato del artista en el destierro]

El poeta Luis Rosales definió el orgullo y la disciplina de llegar a ser hombre de manera definitiva y feliz: aprender a nacer. Nacerse. Amorosa brega, la de traer al mundo a un desconocido que soy yo. Asombro constante del hombre llamado a sembrar la tierra y vestirla con la luz del trabajo de sus manos. Ilusión intacta del niño contemplando el nacimiento de un niño. Gratitud de un cuerpo azorado por las gracias y los dones del amor. Bondad del hombre entero, capaz de sufrir el rigor de los tiempos con la entereza del árbol bien plantado, cumpliendo sus deberes con los misterios de la siembra, la fecundación y la resurrección de la tierra.

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Faena, por los tiempos que corren, de toda una vida. Cuando hay suerte. Porque nos ha tocado vivir una época fatal, donde amar, nacer y transmitir la palabra, se han convertido en actividades clandestinas, con frecuencia, cuando no son víctimas de la confusión, el relativismo o la indiferencia moral, la conversión de los seres humanos en mercancías, privadas de los antiguos atributos del individuo y la persona, víctimas del tumor del dinero, cenizas de un fuego extinto. Yo tuve la suerte de conocer a Luis Rosales. En ocasiones, coincidíamos por los pasillos del antiguo Instituto de Cultura Hispánica, en los aledaños de la Ciudad Universitaria, y, llegado el caso, Luis me pedía que lo acompañase hasta su casa, bordeando el Parque del Oeste, hasta alcanzar la perspectiva del Paseo de Rosales. Cuando el tiempo acompañaba, y el lapislázuli del cielo primaveral lucía en todo su majestuoso esplendor, Luis podía caminar demorándose en un paisaje delicado y familiar. Juan Pedro, me dijo un día, para un escritor, lo primero es conocer a sus padres. Sentencia sencilla y paternal, con la que intentaba sacarme del mar de confusiones donde me estaba ahogando, sin saberlo, víctima del naufragio interior de su poema de ese título, como un grito que abandonado sigue ardiendo solo. Yo era ese ciego temblor del poema que Luis me dedica con cierto cariño paternal, intentando alumbrar mi descarrío. Intentando esclarecer un camino del que Antonio Machado y Ramón Gómez de la Serna son los fundadores, como Luis dice, en la dedicatoria de sus Canciones. Gerardo Diego, Pedro Salinas y Luis Cernuda saludaron y establecieron el magisterio de Ramón para todos los hombres y mujeres de su generación; como Borges, Octavio Paz y Julio Cortazar lo dejaron para siempre fijado entre sus herederos americanos. Quedan por releer los Complementarios a la luz de los presocráticos, para recordar los jalones que, desde Rubén, las joyas, los cisnes y las princesas modernistas, conducen a las claras y límpidas iluminaciones de Abel Martín y Juan de Mairena, hasta el último verso escrito en Collioure: Estos días azules y este sol de la infancia. Días azules que no son incompatibles con la greguería y la estética ramonianas. Infancia en un patio andaluz. Exilio y destierro de ambos.

Luis conoció otra forma de exilio, que ocultaba, por cortesía, con una sonrisa, y duró muchos años, habituándolo a la extrañeza y el dolor, llevados con la elegancia señorial de quien conoce a sus clásicos, comenzando por Villamediana, por supuesto; porque Luis era un conocedor emérito de la gran poesía áurea, vivida como una herida todavía sangrante: en la medida en que las cenizas de aquellos lances de capa y espada continúan hablándonos de un misterio que somos nosotros mismos. Sabes, Juan Pedro, me dice Luis, cogiéndome del brazo, mientras descendemos las escaleras del Instituto, sin conocerme, tu padre ha visto con mucha claridad cual era mi situación, por aquellos años. Mi padre había escrito y publicado en Cuadernos un texto sobre Luis, apoyándose en unas fotografías de los años cuarenta y pocos, y detrás de la serena alegría contagiosa había visto otras cosas más dolorosas, que Luis guardaba solo para él, con mucho pudor. Aunque basta con leer algunos poemas de la época para comprobar como del pozo sin fondo del dolor puede salir un agua pura y virginal, que viene de una mina más honda que el sufrimiento, ya que fluye de las entrañas de la tierra donde nace y se hace el hombre. Tierra que debe tener una parte maleable, para trabajarse con las manos del alfarero, antes de endurecerse, como la arcilla; y otra parte siempre consagrada a la siembra y la labranza. Cuando mi padre salió de la cárcel, inesperadamente, ya que había sido condenado a muerte, por delitos de opinión, tras la guerra civil, su primer trabajo fue cavar la tierra de nuestro campo de Hondales, propiedad de mi abuela Encarna, que yo todavía llegué a conocer, porque allí pasamos algún verano; mis padres, leyendo El Hombre y la Tierra, de Élisée Reclus; y yo, aprendiendo a crecer, solo, porque todavía no habían nacido mis hermanos. Al atardecer, nos recogíamos en la puerta de la casa, bajo la parra; y mis padres hablaban y se contaban historias, a la luz de la luna, mientras yo entraba, lentamente, en la venturosa tierra de los sueños, por la que cabalgaba, cada noche, solitario y feliz, mientras ellos se amaban. Hacia finales de agosto, o primeros de septiembre, volvíamos al pueblo, sembrados con los dones y el gozo que habíamos cosechado en nuestra casa y debíamos guardar muy hondo; porque los tiempos llegaban muy duros y fríos, y hasta llegó una riada, que destruyó y se llevó tantas cosas, comenzando por nuestra casa de Hondales, a la que nunca volvimos. Así, en mi caso, las bendiciones y el sacrificio de la tierra comenzaron por confundirse con el tiempo de mi primera iniciación a las cosas del mundo. En verdad, el caso de mi padre, o el caso de Luis Rosales, como el de tantos otros hombres de su tiempo, o el mío, no son muy diferentes. La diferencia, si es que hay diferencia, estriba en el estilo con el que cada cual afronta su suerte: la resistencia al dolor, la gallardía ante el peligro, la entereza ante el infortunio, terminan por marcar la figura y el rostro de un hombre. Esas son las líneas que mi padre estudió y admiró en el rostro de Luis, sorprendido que un desconocido pudiera ver y leer en una fotografía las huellas de cosas, ocurridos y acontecimientos íntimos cuyo rastro de dolor y amargura se desea sofocar, con un gesto, olímpico, alegre, y cuya energía moral tacha, borra y vence, con un gesto, los maleficios de la adversidad y la fortuna. Hados que Luis me enseñó a leer, estudiar e intentar comprender en la gran poesía clásica.

Luis recitaba a Aldana, Salinas y Villamediana, corregía las malas ediciones seculares de un poema de Quevedo, con la precisión del cirujano que intenta salvar una vida, en cuarentena, y la gravedad y el temblor de voz del hijo que recita una acción de gracias, a la memoria de sus difuntos. Y escuchaba y leía como yo establecía paralelismos entre su obra y la de Hölderlin, entre la obra de Pla y la de Virgilio, o Lucrecio, intrigado. ¿Tu crees? ¿Porqué dices eso?, me pregunta Luis, en su casa de la calle Altamirano, escuchando mis confusas razones, él, que me había explicado de manera tan clara y meridiana la importancia de Rubén y el Modernismo. Todavía pasarían muchos años antes de poder intentar descifrar en alemán los grandes poemas hölderlinianos. Por entonces, conocía las traducciones francesas de las Odas. Y el Archipiélago, traducido por Luis Díez del Corral. Sage, wo ist Athen? Dí, ¿dónde está Atenas?. Aber liebend zurück zum einsamharrenden Strom kommt der Athener Volk. Y amorosamente vuelve el pueblo de los atenienses hacia las aguas que esperan solitarias. Viaje y búsqueda en la que se nos va la vida. Ya que ese retorno a la ciudad donde nacimos nos obliga a construir el camino y la tierra misma por donde nuestros pasos se dirigen hacia el antiguo hogar. Porque la nostalgia de Atenas ya ilumina los cimientos, los capiteles, los frisos y los templos de otra ciudad semejante y desconocida que vive, oculta, abandonada y doliente, en las brumas de nuestro corazón. Esa ciudad está habitada por nuestros muertos y todas las personas que amamos, escuchando nuestros pasos perdidos, desde los confines de nuestra sangre atribulada. Ese pueblo de fantasmas se agita y nos interpela, porque no puede guiarnos ni evitar nuestro descarrío, que es solo nuestro, aunque también precipitemos a esos seres de la ilusión y la memoria en el mar de la incertidumbre, por donde nosotros vagamos, a ciegas, buscando el rumbo de Ítaca, o Atenas, que está en nosotros, aunque nosotros no lo sepamos. Luis comprendía mi tribulación; quizá porque las tribulaciones del hombre joven son siempre la expresión de una fiebre muy semejante: y la palmaria confusión de las ideas interesa menos que el temple y el fragor con que se van a consumir las primeras pasiones, con su poso de dolor, desencanto y cenizas. Mi padre, y Luis, pagaron muy caras sus tribulaciones propias. Hasta el extremo que todavía yo llegué a conocer y sufrir de sus heridas. El infortunio de una injusticia cruel y despiadada persiguió a mi padre con la cárcel. Luis fue perseguido con una infamia peor, si cabe, más larga y dura que la prisión. Ni el uno ni el otro eran hombres a quejarse del dolor. Ambos sufrían en silencio. Tragándose la pena. Callando el clamor y las secuelas de la injusticia sufrida, con la serenidad alegre de los justos. Enteros y en pie, caminando con el porte decidido que da la hombría de bien, indemne a la traición y la calumnia. Stendhal subrayaba que el amor toca el rostro y la figura de la Sanseverina con la gracia y armonía inmortal de los seres y las cosas bellas. La bondad y la sed de justicia también dan al porte de algunos hombres, los elegidos, una gracia que los acompaña a cada instante y no puede destruir ninguna maldad, ninguna traición, ninguna cruz, ninguna soga ni madero, atados al cuello con crueldad y alevosía. De hecho, todo lo que sé de mi padre lo supe después; cuando, lentamente, con el paso del tiempo, cada uno de los detalles de su vida comenzó a ocupar el sitio que es el suyo, en la hornacina de un templo, en mármol pentélico, donde había sobrevivido, intacta, la llama de la rectitud y el deber. En el caso de Luis, su porte y su elegancia de gran señor venían de la gracia interior con la que Stendhal toca a sus héroes más felices: ninguna infamia puede destruir el encanto de Fabrice, en las más penosas circunstancias, seduciendo a Clélia en el instante más doloroso, iluminando con su belleza el sacrificio de la Sanseverina. Asegurando el triunfo de la entereza de alma, frente a las calamidades de cada hora. Entereza que también es el fruto maduro de una larga educación, forjada en la lectura y frecuentación del gran arte clásico. En definitiva, en el caso de Luis, la amargura más honda, la amargura del poeta que contempla como se desmoronan los muros de la patria, los muros del hogar y los muros de su alma, deshilachada, se expresa y se transmite a través de la arquitectura perfecta de la forma áurea de un soneto. Recuerdo a Luis, en su casa, en su mesa, compartiendo un vaso de vino, recitando en voz alta la errónea versión impresa, durante siglos, que nos llegó de ese soneto de Quevedo. Y sus comentarios denunciando los versos malparados e incomprensibles. Para restaurar y volver a recitar, corregido, el verdadero soneto de Quevedo, limpio de erratas, más puro y más hondo en su desesperación amarga.

Tarea comenzada con Villamediana, como es sabido, y continuada, durante toda una vida, con todos los arquetipos de la gran poesía clásica, donde Luis había encontrado la herida, el desengaño, mortal, donde comienza nuestro fatal descarrío, poseídos por una locura, un hechizo, un desarreglo de la conciencia que nos perseguirá, durante siglos, con su furia endemoniada. Esa es la Roma que el peregrino busca en Roma, para encontrar, tan solo, un cadáver que ostentó murallas, tumba de sí mismo. Luis contemplaba esas cenizas frías, negándose a aceptar la evidencia del fin, el suspiro que sigue al estertor del último hombre clavado en el madero. Luis no era hombre a dejarse arredrar por la evidencia inminente de la muerte. Bien al contrario. Bogando por el río de nuestros muertos, Luis se dirigía, corriente arriba, hacia la fuente original, el corazón, decía él, el temblor iluminado con el que la palabra nos permite limpiar y reconocer el rostro de cada uno de los ausentes, la figura de los hombres y mujeres idos, y, sin embargo, tan presentes e indispensables, porque cada uno de ellos trajo algo, aportó algo, que continúa siendo imprescindible para que se tenga en pie nuestra amenazada casa común. Quizá más modesta que Atenas; aunque, en verdad, es único, y el mismo, el fuego que une a los hombres compartiendo el pan en la misma mesa de un hogar cuyos muros deberán defenderse, generación tras generación, contra las furias del tiempo, la historia y la locura de los hombres. Aristóteles ya hablaba de esos personajes sin fuego ni hogar, que viven fuera de la polis y la acechan, como bandas de animales carniceros, prestos a sembrar el terror en los hogares más débiles y necesitados. En Atenas, la defensa del fuego y el hogar era una tarea religiosa, cívica y cosa del alma individual de cada hombre. El entierro, el respeto, las honras y el cuidado del ritual debido a los muertos, fundan y aseguran la libertad de la persona, Antígona, amenazada por la tiranía desalmada del Estado. El destino de Atenas queda en suspenso, en cuarentena, cuando la sofística de Alcibíades corrompe la moral pública y destruye las reglas, las normas y alianzas donde se funda la libertad, amenazada. Sócrates prefiere la muerte voluntaria, antes que aceptar la mentira que corrompería y perdería su alma.

El destino de Atenas en nada no es ajeno. Ya que nuestra conciencia, nuestra ciudad, nuestro pueblo, viven de las mismas ilusiones y agonizan víctimas de las mismas amenazas y enfermedades del espíritu. El fuego de nuestro hogar, si es que todavía sabemos lo que es un hogar y somos capaces de alumbrarlo con el fuego de nuestro amor y nuestro sacrificio, diario, no difiere mucho del hogar y el fuego que, durante siglos, nombraron una casa, una familia, una luz iluminando una morada, en la oscuridad de la noche. Hoy, como ayer, el arte de encender ese fuego, y preservarlo, contra las incertidumbres del tiempo, pasa por la comunión del pan y la palabra, compartidas en la mesa y la escuela. La madre y la maestra, que fueron solo una, en mi caso (y mi madre se llamaba Luz, en recuerdo de la antigua devoción a un santuario de mi tierra), enseñan y transmiten los fuegos del hogar y la palabra, no sé si indisociables: aprendemos a hablar y amar contemplando el mar o las llamas que compartimos con un ser querido y anhelado; figura que es la encarnación física y carnal de una manera propia con la que asegurar y transmitir el misterio de la creación y la siembra, indisociables del trabajo de la tierra y del paso de las estaciones, del tiempo y la vida... Juan, mi padre, o Luis Rosales, compartían y me transmitieron, cada cual a su manera, su conciencia del deber más alto, el que comienza por el respeto y las honras debidas a nuestros antepasados, nuestros muertos, que son el río que nos lleva hasta la fuente de donde nacemos y cuya savia corre por nuestras venas. A ellos les debemos una manera, una gracia y un arte de estar en pie, ante la incertidumbre, afrontando las inclemencias del tiempo y la vida con una entereza que es solo nuestra y no podemos separar de nuestro uso de algunas palabras esenciales, cuyo abuso y corrupción pierde nuestras vidas, condenándolas a la mentira, la desesperación y el crimen. Palabras que no son de nadie, porque son de todos y en ellas se echan los cimientos de un hogar, una casa común. Aunque cada cual las pueda usar a su libre albedrío. Sin que ninguno podamos quedar indemnes de la incierta suerte de ese fuego inmaterial, el de la lengua, que también puede consumirse y dejar un poso de ruinas y cenizas frías, huellas de una llama extinta. Amenazados, o moribundos, los fuegos de una ciudad, víctima de la peste y las guerras civiles, como le ocurrió a Atenas, o nos ocurrió a nosotros (y, en su modestia, individual, el caso de mi padre, perseguido por sus ideas, o el de Luis Rosales, perseguido por la difamación más infame, bien ilustran el conflicto original: las Furias de la ciudad persiguiendo a sus hijos y sembrando el terror, apagados los fuegos de todos los hogares, víctimas del incendio y la peste que arrasa la ciudad), apenas queda otra labor que la de enterrar a todos los muertos, con las honras debidas, y entonar una plegaria por nuestra incierta suerte. Tal es la tarea de los supervivientes, los proscritos y los desterrados. En ocasiones, de la cenizas de ese holocausto nace una nueva fe. Moisés saca fuerzas del destierro sin esperanza de su pueblo, dándole un Dios que no necesita de ídolos, ni altares, en el desierto, y también está condenado a viajar en la impenetrable oscuridad del corazón de cada hombre solo. Antígona no perpetuará su memoria en la descendencia para siempre imposible de su carne, si no en la elegancia espiritual de los justos, dispuestos a jugarse la vida, contra la Tiranía, para rendir las honras y plegaria debidas a los muertos caídos a las puertas de la ciudad. Sócrates se sacrifica para salvar la palabra de la ciudad. Jesús muere anunciando una ciudad celeste. Las leyes de la polis, como las leyes del hogar, comienzan por ser leyes no escritas. Una costumbre. La costumbre que rige el tiempo de la Recherche: los hábitos y el comercio de un hombre de mundo torturado por la soledad y el impenetrable misterio de la creación. Esa costumbre, esos hábitos, terminan por descubrir y dialogar con los genios del lugar: el hombre termina por comprender la mecánica celeste, la mecánica de la siembra, la fecundación y la resurrección de la tierra, fruto de sus sacrificios, su trabajo y su arte en el cultivo de la tierra, encender el fuego y construir una casa, un hogar. Es genio del hombre, naciéndose, alumbrando su vida e iluminando todas las cosas de la naturaleza y la creación, es el fuego, la luz, la palabra, tanto da, capaz de concebir un libro infinito, un mapa que contiene todas las estrellas conocidas o por venir, como ocurre con la Ética de Spinoza; o un libro donde cabe y encuentra su casa, un hogar, un fuego, un hombre, una familia, un pueblo, como ocurre con La casa encendida de Luis Rosales. Hay muchos otros libros. Incluso está este libro mío, que habla de mi relación con algunos libros y con algunos hombres y mujeres que me enseñaron a leer y a compartir el amor a los libros. Porque son muchas las maneras de manifestar nuestro arrobo ante todas las cosas creadas. Son muchos los caminos de nuestra incertidumbre y nuestro dolor, tan humanos. No tienen fin nuestras tribulaciones, intentando aprender a ser y nacernos hombres dignos de nuestros antepasados, enterrados en nuestra tierra, insepultos y bogando, siempre, por la sangre que corre por nuestras venas y nuestro corazón.

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