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[17/09/01 17:48:27] La inglesa y el duque, la última película de Éric Rohmer, plantea el más grave de los problemas de nuestro tiempo: los orígenes políticos, culturales y religiosos del Terror, la semilla donde floreció el Estado totalitario y el terrorismo contemporáneo, cuando una minoría se proclama depositaria de la verdad, la razón, la justicia y el sentido mismo de la vida humana y la historia, y está dispuesta a imponer sus criterios a través del crimen organizado, con el único fin de imponer el terror a quienes resisten o se oponen a sus designios.
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La inglesa y el duque es la adaptación, muy fiel, de las memorias de una aristócrata escocesa, Grace Elliott, que fué amante de George IV y del duque de Orleans (que votaría la guillotina para Luis XVI y sería él mismo guillotinado, tras haber colaborado con la Revolución, entre 1789 y 1793), con una técnica cinematográfica que la crítica especializada, del Economist a Liberation, ha considerado revolucionaria: todos los exteriores han sido sustituidos por cuadros de época, donde las técnicas del cine numérico permiten incrustar la figura bien real de los personajes, encarnados, en esta ocasión, por dos actores de excepción, Lucy Russel (Grace Elliott) y Jean-Claude Dreyfus (duque de Orleans).
La historia transcurre entre los meses de julio y junio de 1789 y 1794. De la Revolución del 89, inmortalizada por Renoir, en La Marselleise (1938), al Terror (1793), que el Danton (1983) de Andrei Wajda, describia, por vez primera, en el cine, como el ancestro fundacional de los regímenes totalitarios del siglo XX, y La inglesa y el duque explora, ilumina e ilustra, en su germinación más espantosa e inquietante, el comportamiento de hombres y mujeres, desalmados (privados de alma), porque convertidos en marionetas del Terror.
EISENSTEIN, RENOIR, WAJDA…
Las grandes películas de Eisenstein aspiraban a fundar la épica de un Estado construido con mano de hierro. La Revolución revisitada por Renoir se abandonaba a la mitologia lírica y populista. Formado en la disciplina de quien conoció y sufrió las perversiones de un Estado totalitario, Wajda comenzó a explorar los estragos del Terror, destruyendo las libertades, instaurando la tirania de un Estado mesiánico y saturnal. Wajda centró su obra en el diálogo y oposición, fatal, saturnal, entre Danton y Robespierre. El revolucionario víctima de la revolución, por intentar contener sus demonios; y el revolucionario dispuesto a instaurar la dictadura del terror revolucionario.
Eisenstein, Renoir, Wajda, trabajaban con ideas, y sus obras, que forman parte de la historia del cine, son la ilustración épica, popular y cultural de un debate de ideas. No es dificil adivinir las figuras de Lenin y Stalin detrás de las sombras de Ivan el Terrible. Para Renoir, la Revolución (de 1789) fué una fiesta, una épica verbena popular. Para Wajda, esa verbena se transformó en un campo de concentración, y echó los cimientos del Estado totalitario moderno.
Éric Rhomer va mucho más lejos, porque ha filmado, ha puesto en imágenes, la historia de un testigo ocular de acontecimientos trágicos y espantosos, sin perderse en el dédalo de la interpretación histórica (que cada cual reconstruirá a su manera), contando cuanto ven sus ojos y todavia no ha sido empañado con las brumas de la ideologia o la interpretación política o cultural.
FANÁTICOS Y PERROS POLICÍAS
El título original de las memorias de Grace Elliot, adaptadas por Rhomer, es Diario de mi vida durante la Revolución francesa. Las opiniones de la aristócrata escosa (partidaria de una monarquia constitucional a la inglesa) tienen un interés muy relativo. Lo verdaderamente crucial es lo que ella ve y cuenta. Su testimonio no tiene la envergadura filosófica de los escritos de Burke o Michelet, que ya trataron de los estragos del Terror, desde la óptica de la historia de las ideas. Lo que Mrs. Elliot cuenta y Rhomer reconstruye, con la virtuosidad de un maestro que ya ha entrado en la historia del cine, son los mecanismos más íntimos de destrucción de la persona humana, la destrucción del Estado y la derogación de todas las libertades y el fundamento de toda moral, en nombre de la tirania del odio y el fanatismo terrorista.
A través de las peripecias de la vida cotidiana, durante el Terror, el espectador asiste atónito a la emergencia de un campo de ruinas, un campo de cadáveres, más exactamente, donde impera la tirania del odio. Quien se atreve a expresar, con libertad, una opinión individual, se transforma un sospechoso. La condición de sospechoso es equiparada, automáticamente, con la del enemigo público, condenado de oficio a la cárcel concentracionaria o la guillotina. Todo ciudadano debe ser un delator. Mrs Elliot es interrogada por Robespierre y Bernard Barère de Vieuzac (1755-1841), que ha pasado a la historia por haber acuñado esta frase: El Terror está a la orden del dia.
En la práctica, la instauración del Terror tiene resonancias espantosamente contemporáneas. El delito de opinión se paga con la muerte. Criminalizada la opinión individual, cada individuo se transforma en una fiera salvaje, que puede medrar denunciando al vecino. Abolido el derecho a la opinión individual, la delación y la sospecha, la denuncia y el odio se transforman en pilares de toda la arquitectura social emergente. Denunciar al vecino permite ocupar su puesto, apropiarse de sus bienes, eliminar un rival, robarle una amante o una propiedad. Sustituido el derecho por la arbitrariedad, cada hombre es sospechoso. En la nueva sociedad, los fanáticos trepan con más rapidez que los respetuosos de la opinión y los derechos del prójimo.
DE LA RAZÓN AL DELIRIO ENSANGRENTADO
Hasta ahí, el Terror de 1793 echa los fundamentos del terrorismo de Estado, cuyos orígenes fueron estudiados por François Furet, entre otros. A través del diario íntimo de una aristócrata escocesa, en el Paris revolucionario, Rhomer ahonda en un proceso mucho más sombrio, si cabe. Conociamos el caracter grotesco de los antiguos altares de las grandes iglesias convertidos en templos consagrados a la diosa Razón. Pero los diarios íntimos del Marqués de Sade, Rétif de la Bretonne y Choderlos de Laclos (contemporáneos, actores, víctimas y testigos del Terror revolucionario) nos recuerdan los límites de esa razón convertida en delirio ensangrentado.
Emmanuel Le Roy Ladurie recuerda que no era dificil reconocer los rostros de Lenin, Stalin, Trotski, Mao, detras de las sombras de Marat, Robespierre y Saint-Just. Sin embargo, esos fantasmas, de película de terror, justamente, intentaban ocultar sus crímenes detrás de la carátula sombría de la presunta razón de Estado. La vida cotidiana de una mujer, durante el Terror, reconstruida por Rhomer, siguiendo los pasos de Mrs. Elliott, permite desvelar el último velo, ensangretado: la razón revolucionaria, durante el Terror, derogando la libertad, asfixiando los fundamentos de la condición humana, convierte a los antiguos seres humanos en fieras sedientas de sangre. No basta con guillotinar al adversario: Grace Elliott, como Chateaubriand, otro testigo de excepción, debe contemplar la cabeza decapitada de una amiga, la marquesa de Lamballe, clavada en una pica... Mientras celebra una comida política, sus adversarios le presentan al duque de Orleans la cabeza, degollada, de una amiga. Como la secta de los Asesinos, en el Libano del siglo XII, el Terror propaga el fanatismo criminal. En esas estamos. El terrorista de Estado condena a muerte a todos los adversarios de su concepción totalitaria del mundo. El Terror de 1793 también preludia el terrorismo del siglo XXI: los infieles que no comulgan con las ideas de una minoria fanatizada estarán amenazados por el terror indiscrinado...