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Francia, en la encrucijada. Raíces de una crisis de identidad

4 May 2007, by Quiñonero, Categories: Francia

¿Cómo no advertir que Francia se encuentra en una encrucijada histórica..?

He escrito centenares, quizá millares de crónicas, artículos y ensayos sobre los orígenes de la crisis francesa.

Quizá mi mejor resumen de la crisis precipitada por veintitantos años de demagogias de izquierda (François Mitterrand) y derecha (Jacques Chirac) se publicó el otoño invierno del 2003. Se trata de un ensayo largo que me sigue pareciendo indispensable para intentar comprender la encrucijada francesa, hoy.

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FRANCIA, ANTE EL ESPEJO DE CRONO

La France qui tombe (1) ha provocado un debate sin precedentes porque la sólida tesis de su autor sobre el déclin (2) nacional reclama una atormentada reflexión sobre la identidad de Francia, cuando la mundialización de los intercambios económicos, la construcción política de Europa, la crisis de identidad de la República y la emergencia de un islam francés amenazan muchos de los fundamentos donde el Estado creía estar al abrigo de una crisis de fondo que ha comenzado a modificar todos los equilibrios nacionales, europeos e internacionales.

Tal debate va mucho más allá de las fronteras francesas: lo que está en juego, en definitiva, es una recomposición de toda la arquitectura cultural, diplomática e institucional de la nueva Europa del siglo XXI. Más allá de la introspección psicológica nacional, la eventualidad bien plausible de un déclin francés nos invita a repensar nuestro propio puesto e intereses en la nueva geografía del poder mundial. Tema literario por excelencia, también para nosotros (baste recordar el Miré los muros de la patria mía de Quevedo; o el amargo lamento de Cernuda, en Londres: “¿España?”, dijo. “Un nombre”. “España ha muerto”), tal déclin recuerda la fábula griega de Crono: el Estado prolonga su amenazada existencia devorando a sus hijos.

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El fantasma de la decadencia quizá sea tan antiguo como Francia misma. En el siglo XIII, Guiot de Provins ya se lamentaba que los hombres de su tiempo no tuviesen la grandeza física y moral de sus antepasados. Para Madame de Sévigné, la prosista francesa más luminosa de todos los tiempos, quizá, reconocida como tal por discípulos tan aventajados como Chateaubriand y Marcel Proust, ya era una evidencia estar asistiendo al fin de una historia feliz (3). Las guerras de religión y la magna crisis jansenita sembraron las dudas que precedían a la Revolución y el Imperio. Chateaubriand contempla con melancolía una Francia ida, mientras que Tocqueville, Taine o Renan se “interrogan” por el destino mismo de una patria convulsa. A la conquista de los territorios imperiales de ultramar siguió más de un largo medio siglo de angustiosa descolonización. Reflexionando sobre las consecuencias de la pérdida de la Alsacia-Lorena, Maurras entonaba una oración fúnebre: Francia está muriendo; no perturben su agonía. En vísperas del Frente Popular, Robert Aron publicaba su célebre ensayo titulado, justamente, La décadence de la Nation française. 1940 marcó una encrucijada fatal: derrumbamiento del ejército francés (el más poderoso de Europa, para los hombres de aquella generación), desmembración de la patria ocupada, entrada en París de las tropas alemanas, poniendo a sus pies el Arco del Triunfo, donde están inscritos en piedra los triunfos de Napoleón. A los ideólogos de Action Française siguió el purgatorio de Vichy y su trágica sumisión a la potencia ocupante. A la unión sagrada del general de Gaulle y el PCF en la inmediata posguerra seguirá el hundimiento fáustico de la IV República. A la fundación del nuevo régimen, entre 1958 (vuelta del General al poder) y 1962 (elección del jefe del Estado a través del sufragio universal) siguió la crisis de mayo de 1968. Entre 1971 y 1981, François Mitterrand abanderó un proyecto político que terminó dándole el poder y proclamaba como inminente la ruptura con el capitalismo, a través de la nacionalización de la banca y toda la industria nacional, para construir el socialismo a la francesa, una ambición revolucionaria que debía iluminar a todos los pueblos oprimidos en busca de un “modelo” alejado del comunismo soviético y del capitalismo estadounidense...

Esa sumaria e inconclusa sucesión de lamentos y proyectos mesiánicos reposaban, siempre, en “una cierta idea de Francia”. Evidentemente contradictoria. Maurras y Mitterrand creían en las “raíces” populares y terrenales de la patria. Ambos temían su “disolución” en el océano sin fronteras de un capitalismo desalmado. De Joseph de Maistre a Jean-Marie Le Pen, la historia política de Francia está sembrada de profetas y tribunos de la decadencia sin cesar revisitada. Con frecuencia, tales lamentos sobre el cuerpo amenazado de la Nación en peligro (víctima de la corrupción de las costumbres, la inmoralidad de sus gobernantes o el capitalismo apátrida, evidentemente “salvaje”, en oposición a la proverbial eficacia del capitalismo de Estado galo, cuyas raíces remontan, cuando menos, a Colbert y las manufactures royales de Louis XIV) solo tenían un fundamento ideológico (arcaizante, conservador, socialista, comunista o ecologista) o literario, en el mejor de los casos. Buena parte de la gran literatura francesa moderna (de Chateaubriand a Maurras; sin olvidar a Cioran o Beckett, un rumano y un irlandés, que recurren a la más noble prosodia francesa para mejor dejar constancia de una hondísima melancolía crepuscular) echa sus raíces en el género profético del déclin, para complicar ad infinitum cualquier tentativa de análisis clínico de la realidad social. Hasta bien entrados los años ochenta del siglo XX, la universidad, el pensamiento y la alta cultura francesa preferían muy mayoritariamente equivocarse con Jean-Paul Sartre que acertar con Raymond Aron.

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Consciente de tales antecedentes, Nicolas Baverez decidió escribir un libro “irrefutable”, evitando voluntariamente cualquier controversia cultural, artística o ideológica, para centrar sus análisis en datos económicos y sociales bien conocidos y poco discutibles.

Manejando las cifras oficiales de la Contabilidad Nacional, Baverez avanza un diagnóstico pasablemente “apocalíptico”, que pocos economistas le contestan:

--El déclin económico y social de Francia es una realidad y no una quimera ideológica (...) Desde los años 70, el crecimiento medio se redujo del 3% al 1.8%, cuando la productividad cayó del 4.2% al 1% por año. Como consecuencia: Francia es el único país desarrollado donde el paro siempre ha estado por encima del 9% de la población activa y de un 20% de los activos en edad de trabajar, desde hace un cuarto de siglo.

--Al mismo tiempo, las finanzas públicas han escapado a todo control, acumulando déficits (-4.1% del PIB en el 2003), hasta provocar la explosión de la deuda, que ya va más allá del billón de euros (equivalente al 62% el PIB, contra el 23% en 1980).

--Tal espiral de baja producción y caída del empleo nos recuerda ciertos factores estructurales. Francia ha tomado la decisión de desmantelar algunos puntales decisivos de la potencia económica en el siglo XXI. Al contrario que los EE.UU., el Estado francés se manifiesta incapaz de asumir los riesgos de la sociedad abierta: y alimenta una “bola” financiera que financia en prioridad la función pública (14.5% del PIB) y las transferencias sociales (22.5% del PIB) en detrimento de la inversión (2.5% del PIB)...

Desmenuzando con crueldad los antecedentes, consecuencias e infinitas ramificaciones de tales procesos, Baverez avanza un retrato pálido, mortecino e inmovilista de una Francia atenazada con ferocidad por sus funcionarios, su sector público y una burocracia que administra mal la riqueza producida por la sociedad civil, asfixiando la creatividad nacional:

--Se acelera la desertificación empresarial (28.000 quiebras durante el primer semestre del 2003), con una vulnerabilidad patética para los antiguos “florones” del capitalismo nacional (ver el endeudamiento y desastres de grandes empresas como Pechiney, Vivendi, Alstom o France Telecom, entre tantas otras).

--Durante los últimos diez años, se acelera la emigración voluntaria de cerebros (“masiva”, dice el ensayista): 265.000 expatriaciones sin retorno de profesionales calificados en terrenos sensibles para la ciencia, la tecnología y la investigación.

--La exportación de capitales excede largamente a las importaciones (6.3% del PIB, contra el 4%): la riqueza nacional también emigra en busca de beneficios fuera de las fronteras del Estado.

--La Educación nacional absorbe el 7% del PIB, “produciendo” un 12% de iletrados y dejando cada año a 161.000 jóvenes privados de toda calificación.

La crónica económica de los últimos treinta años ha ilustrado con incontables matices el sombrío arco iris (del gris ceniciento al negro azabache) que Baverez recuerda con el tono de Casandra anunciando un fin desastroso y fatal: Francia nacionalizó sus finanzas y su industria (1981-83) cuando el resto de las grandes economías se liberalizaban para mejor defenderse de nuevos choques petrolíferos o financieros; y el choque brutal de aquel proyecto de socialización radical precipitó una crisis muy profunda, cuyas consecuencias todavía gravan la economía nacional, veinticinco años más tarde. Francia frenó y nunca ha llegado a adaptarse a todos los proyectos de liberalización que el resto de sus vecinos y aliados han llevado a buen puerto con mucho dolor y esfuerzo, con el fin de crear y distribuir una riqueza que los franceses echan en falta, perdiendo terreno ante la ascensión llamativa de Inglaterra, España o Italia. Francia no ha conseguido disminuir, modernizar ni evitar las pérdidas de un sector público (el más socializado de la UE) que absorbe cantidades crecientes de recursos, favoreciendo el déclin y haciendo retroceder las posiciones nacionales en otros terrenos estratégicos. Grandes sectores nacionales franceses (funcionarios, servicios y empresas públicas) se resisten a competir libremente en la nueva geografía del comercio mundial, tentados por las transitorias ventajas de las subvenciones y la ilusión envenenada de la autarquía. El sistema educativo nacional vive una paradoja trágica: desde hace más de una década, el incremento de efectivos y créditos coincide con la disminución de los alumnos, la devaluación de algunos títulos (bachillerato, numerosas disciplinas de “grado medio”) y el incremento de los iletrados. Gobernantes y sindicalistas dicen estar convencidos que Francia tiene “el mejor sistema sanitario del mundo”: pero los 15.000 muertos víctimas del calor, en los hospitales y residencias de ancianos, durante el mes de agosto pasado, dejaron al descubierto “disfuncionamientos” trágicos... 5.000 muertos diarios, durante un largo mes interminable, como consecuencia trágica, entre otras deficiencias hospitalarias, de la ausencia de aire acondicionado en la inmensa mayoría de las residencias de ancianos (4).

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Los especialistas en distintas disciplinas y sectores podrán matizar cada uno de esos capítulos, que, contemplados en detalle, son víctimas de quiebras y desastres mucho más hondos.

En los últimos veinticinco años, sucesivos gobiernos de distinta confesión ideológica se vieron obligados a aplazar sine die la reforma del sistema nacional de pensiones y jubilaciones, porque los sindicatos del sector público se negaban (y se niegan) a perder una parte sustancial de sus privilegios, en detrimento de la fraternidad, la libertad y la igualdad con sus colegas del sector privado. En algunas ocasiones (otoño-invierno de 1995, siendo primer ministro Alain Juppé), uno de tantos proyectos fallidos precipitó una grave crisis nacional, que culminó de manera tragicómica con la convocatoria de elecciones generales anticipadas que dio la victoria a una mayoría de “izquierda plural” (PS, PCF y Verdes), cuando las familias del centroderecha tenían la mayoría más holgada de la historia parlamentaria nacional.

Entre 1983 (tras tres devaluaciones de la moneda nacional, en menos de dos años, como consecuencia de la puesta en práctica de las primeras medidas programáticas del proyecto de ruptura con el capitalismo), 1996 (cumbre europea de Dubín que adopta el Plan de Estabilidad y el estatuto jurídico del euro) y 1997 (cohabitación de Jacques Chirac, presidente, y Lionel Jospin, primer ministro) Alemania impuso a una Francia muy renuente una disciplina monetaria y presupuestaria común, que, finalmente, París y Berlín dinamitaron el otoño del 2003, incumpliendo todos los compromisos de Estado donde se habían echado los cimientos de la moneda europea común (5). Por vez primera en la historia de la construcción política de Europa, la culpable complicidad franco-alemana (ante tal desastre anunciado) era percibida en el resto del continente como una rémora imprevisible. Infinitas razones y matices “explican” esa divergencia decadente. Queda lo esencial: mientras España crecía por encima del 2%, Francia y Alemania escapaban milagrosamente a la deflacción, con crecimientos muy débiles por debajo del 0.5%; mientras Washington, Londres, Roma o Madrid proseguían la modernización y adaptación permanente de sus economías a la realidad brutal del nuevo mercado mundial, París intentaba tímidas, tardías y timoratas reformas de un tejido social y económico parcialmente paralizado por la reducción de la jornada laboral, las trabas administrativas, los intereses de la Deuda pública, el marmóreo arcaísmo burocrático del sector público y el endeudamiento del Estado, víctima de la tiranía fofa del inmovilismo.

Historiador, economista y fino letrado, discípulo y biógrafo de Raymond Aron (6), Baverez, parte de tales evidencias (bien admitidas como tales, con muchos matices, ça va de soi, por una sólida mayoría de historiadores, economistas, sociólogos, políticos y diplomáticos, víctimas, ellos mismos, con frecuencia, del mismo autismo de Estado) para sacar conclusiones propias, devastadoras.

En el terreno social, subraya Baverez, el Estado agrava las injusticias y desigualdades, fragmenta la sociedad, consolidando el inmovilismo corporatista. Los ejemplos son bien conocidos y demoledores: los funcionarios franceses ganan más trabajando menos, se jubilan antes pagando menos años de cotización, aumentan su poder adquisitivo con más rapidez que los trabajadores del sector privado, absorbiendo una parte creciente de los presupuestos públicos; las grandes empresas públicas sobreviven gracias al balón de oxígeno financiero del Estado, que debe negociar con las autoridades europeas de la competencia unas ayudas que prolongan indefinidamente la vida artificial de gigantescos mastodontes industriales, cuya supervivencia se paga con el dinero que no se invierte en investigación y concepción de nuevos proyectos.

Como instrumento de cohesión de la Nación, insiste Baverez, el Estado francés exacerba las tensiones y las líneas de fractura entre la población, socavando todos los lazos sociales. Volveré más adelante sobre este punto crucial. Pero comienzo por subrayar la gravedad de tal comportamiento perverso: aceptando el principio inamovible de los privilegios de sus funcionarios, el Estado destruye los fundamentos de la libertad, la igualdad y la fraternidad; concediendo nuevos privilegios a las empresas que están bajo su tutela, el Estado distrae los recursos nacionales en operaciones financieramente ruinosas; penalizando a los trabajadores más modestos, privados de los privilegios de los que gozan sus colegas funcionarios, el Estado crea nuevas formas de resentimiento, desigualdad y falta de solidaridad nacional, alimentando con su funcionamiento cainita la emergencia de sectores sociales mal escolarizados, con modestos recursos económicos, tentados por el voto extremista, de izquierda o derecha, como demostraron las elecciones presidenciales y legislativas de la primavera del 2002, cuando un tercio muy largo de los obreros franceses votaron por Jean-Marie Le Pen, el líder histórico de la extrema derecha, consagrada como tercera fuerza política nacional por los mismos años que Francia vegeta instalada en el balcón desde donde contempla, ciega, el abismo insondable del déclin.

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La economía quizá sea un revelador contable del carácter canceroso de tal déclin. Pero hay otras pistas de análisis, que Baverez explora con un escalpelo implacable. Antes incluso que el modelo escolar laico y republicano, concebido, puesto en práctica y modernizado por Jules Ferry y sus herederos, durante la III República, el ejército fue, desde Napoleón, una matriz cívica, moral y espiritual de la Nación, que el ensayista considera en estado de grave decrepitud (7).

Ante el espectáculo inquietante de una Francia republicana al borde del precipicio, amenazada por la resistencia interior y la oposición armada internacional, víctima de la sangría devorante del Terror (1793), el joven general Bonaparte tiene la idea de genio de movilizar al pueblo en armas, glosado en un tono épico en la majestuosa apertura de La Chartreuse de Parme. La Marselleise y la Grande Armée se convertirán en materia de orgullo y cohesión social. El reclutamiento masivo, las promesas de gloria, la defensa de la patria republicana amenazada por las fuerzas de la reacción cosmopolita, sembrarán con sangre toda Europa, de Moscú a Los Arapiles; pero Francia descubrirá en sus ejércitos una horma de valor incalculable: en los cuarteles se aprende a leer y escribir, se es ungido en la mística de la Patria, incluso se aprenden nuevos oficios, a la luz de una Nación unida por unos valores comunes, republicanos e imperiales, durante poco menos de un siglo.

Y quizá no sea un completo azar, como podría serlo, que fuese un militar de carrera, el general de Gaulle, quién devolvió a Francia el orgullo de volver a ser una nación libre (liberada de la ocupación nazi por las tropas de los EE.UU., cuando el Estado francés había desaparecido, engullido por el bliztkrieg de los blindados alemanes), recurriendo a la gran oratoria para camuflar una realidad no siempre gloriosa (8). Francia perdió la segunda Guerra Mundial, fue humillada en el Canal de Suez, y no podía ganar las grandes batallas de la descolonización (Indochina, Argelia). Pero se dotó del arma nuclear estratégica, que fue, durante bastantes años (entre la crisis de Cuba, en 1962, y el derrumbamiento fáustico de la antigua URSS, entre 1989 y 1991) un sable simbólico pero muy eficaz de gran potencia. El ejército continuó siendo una de las matrices de la República, arquitectura política de la Nación, forjada en la doble matriz del cuartel y la escuela. El arma atómica aseguraba un rango evidente entre las grandes potencias. Se trata, estima Baverez, de una piadosa imaginería retrospectiva: Francia comienza el siglo XXI sin disponer de un sistema de defensa coherente y creíble... Un sistema de defensa es el resultado de la combinación del consenso político, una doctrina estratégica, y un aparato militar e industrial. Hoy, esos tres pilares han perdido su coherencia interna y divergen los unos con los otros.

Baverez desmenuza con crueldad el desmoronamiento fatal de todos los antiguos principios. A su modo de ver, la profesionalización precipitada ha disuelto el antiguo lazo existencial entre el Ejército y la Nación, cuando las amenazas terroristas internacionales hacen más urgente que nunca, a su modo de ver, la restauración de tal vínculo esencial. La reanudación de las experiencias nucleares, con fines militares, anunciadas con mucha pompa por Jacques Chirac, tras ser elegido presidente, en 1995, pronto tuvo que relegarse al abandono obligado. Los principios capitales de la vieja doctrina nuclear estratégica han sido revisados en sucesivas ocasiones; sin que esté totalmente claro el carácter disuasivo de las armas atómicas contra las nuevas amenazas terroristas, ni contra la proliferación de armas de destrucción masiva (química y biológica). El “rango” de gran potencia nuclear cuesta muy caro: más del 20 % de los créditos militares del Estado están consagrados al mantenimiento del arsenal atómico, con grave detrimento para el resto de la seguridad nacional: la disponibilidad de blindados ligeros se ha reducido al 25%, la de helicópteros y submarinos de ataque al 40%, la de navíos de superficie al 50%, la de aviones al 60%...

Tal estado de postración y disponibilidad limitada de los materiales militares coincide con el lento pero inexorable hundimiento de grandes florones de la industria militar de Estado: la GIAT absorve unos 4000 millones de euros, pero está condenada a la liquidación; el tanque Leclerc entró en servicio en 1998 y no en el 91, como estaba previsto, y cuesta (por unidad) 15.9 millones de euros, en lugar de los 2.3 previstos inicialmente; el portaviones Charles-de-Gaulle se entregó con cinco años de retraso y un costo suplementario de 500 millones de euros; el primer escuadrón de aviones Rafale, previsto para 1998, no entrará en servicio hasta el 2006 (si no hay nuevos retrasos), con un costo de 150 millones de euros por aparato (un 30% superior a las previsiones oficiales).

A juicio de Baverez, la defensa nacional francesa reposa hoy en un espejismo semejante al de los años 30 del siglo pasado: un sistema militar e industrial que reivindica resultados que es incapaz de cumplir y asumir. Dicho de otro modo: Francia ha sido suplantada por Inglaterra como líder militar de Europa. Las insondables diatribas diplomáticas con la OTAN y Washington permiten ocultar elementos de juicios devastadores: Francia no es capaz de proyectar su fuerza armada de manera tangible y creíble, en situaciones de crisis internacional grave. La gesticulación africana, con funciones de gendarmería asistencial, es la irrisoria herencia de una antigua potencia colonial, mal adaptada a los nuevos desafíos internacionales.

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Desde la publicación del ensayo introductor que precedió a La France qui tombe (9), las ideas de Nicolas Baverez no han dejado de irrigar un vasto debate nacional, orquestado involuntariamente por la prensa escrita, la radio y la tv, fascinadas por un discurso del que se intuyen las virtudes cívicas, sin llegar siempre a calibrar la verdadera naturaleza de su alcance definitivo.

Ante tal debate, forzosamente inconcluso, Raymond Barre, exprimer ministro, miembro de la Academia de ciencias morales y políticas, aportó su doble experiencia de hombre de Estado y economista emérito a las aguas vivificantes del molino de Baverez, subrayando que desde hace veinte años se endurecen las resistencias al cambio, como consecuencia de las rigideces estructurales, el apego de ciertos grupos a sus privilegios y el envejecimiento progresivo de la población (10). Historiador y tratadista económico, él mismo, Barre recuerda los orígenes últimos de la crisis en curso: Desde finales del siglo XIX, tres factores han frenado muy a menudo la adaptación de nuestra economía y sociedad: la centralización, fuente de uniformidad y rigideces; el proteccionismo, que, desde que Méline lo introdujo para la agricultura, se ha extendido a otros sectores; y el pacto colonial, que, hasta la segunda guerra mundial, nos aseguró mercados tranquilos y rentables. A principios del siglo XXI, el centralismo jacobino permanece inalterable, a pesar de las sucesivas tentativas de tímida descentralización de 1983 y 2003; y el proteccionismo nacional o europeo continúa instalado en el corazón del sistema productivo, a través de las subvenciones de Estado o la Política Agraria Común (PAC), de la que Francia ha sido la primera privilegiada, desde la fundación de la primera CEE.

Actor político privilegiado, entre 1978 y 1981, espectador comprometido, desde entonces, Raymond Barre no desconoce la agravación de tales “rigideces” durante el doble septenio presidencial de François Mitterrand (1981-88, 1988-95), cuando el jefe del Estado y varios de sus ministros coquetearon en alguna ocasión con la “idea” de sacar al franco del SME; cuando la disciplina alemana (mientras duró, hasta la caída del Muro de Berlín) impuso un rigor monetario europeo al que todos los gobiernos franceses se han resistido, víctimas de sus promesas electorales y su pánico a los sindicatos del sector público nacionalizado, que solo defiende los intereses corporativos de una minoría burocrática y privilegiada.

Poniendo en perspectiva internacional tales lacras históricas, Thierry de Montbrial, presidente director del Institut Français de Relations Internationales (IFRI), sacaba las primeras consecuencias de tal erosión histórica: Es cierto que los franceses, a quienes les gustan el verbo y las apariencias, confunden voluntariamente las palabras y las cosas, los discursos y los actos. Halagados habitualmente, no han cesado de disimular su déclin en los negocios del mundo (11). Francia, continúa Montbrial, no se ha recuperado nunca completamente de la humillación de 1940. Sin duda, el general de Gaulle, la construcción política de Europa, la descolonización, el arma nuclear estratégica, la división de Alemania, permitieron cultivar la esperanza de una gran potencia con ambiciones planetaria. Sin embargo, prosigue Montbrial, con la caída de la URSS a finales de 1991, se acentuó la tendencia al déclin. La desaparición de un contrapeso a los EE.UU. incrementó el potencial comparativo de la única gran superpotencia; incremento favorecido por las reformas realizadas por la administración de Ronald Reagan, cuyos frutos pudo recoger Bill Clinton en los años 90. A priori, la reunificación alemana y la ampliación de la UE acentúan comparativamente el retroceso francés.

Economista e historiador, también él, analista reputado de la realidad diplomática mundial, Thierry de Montbrial abunda en los grandes temas desgranados por Nicolas Baverez, aportando matices propios: Nuestras finanzas públicas apenas consiguen el equilibrio ----dificilmente---- en los raros períodos de vacas gordas, y solo gracias a una fiscalidad que se encuentra entre las más gravosas de Europa. Nuestras finanzas públicas descarrilan completamente cuando la coyuntura no es buena. Impresionados por las manifestaciones o las huelgas, los gobiernos chapucean en lugar de acometer reformas en profundidad, haciendo algunas reformas con cuenta gotas. Nuestros gobiernos solo consiguen economizar cortando las inversiones y comprometiendo de este modo nuestro futuro. Sin utilizar el verbo justiciero de Baverez, pero recordando que es difícil negar el déclin francés, Montbrial llega a las mismas conclusiones prácticas: la diplomacia francesa se hunde entre la arrogancia, la pérdida de influencia y el aislamiento, víctima de una economía de potencia en declive, incapaz de poner en orden sus finanzas nacionales.

Príncipe de la crítica literaria de nuestro tiempo, historiador de la lengua, la retórica y la cultura, autor de un libro capital llamado a revisar los orígenes de la modernidad literaria (12), Marc Fumaroli da una perspectiva cultural al déclin económico y diplomático. La autoridad de Francia, en Europa, escribe Fumaroli (13), reposaba en una larga tradición de excelencia educativa y talento manifiesto, en las ciencias, las artes y las letras. ¿Qué queda de tal tradición, tras cuarenta años de “cultura” dirigida por un ministerio cada día más pesado e invasor, y de una enseñanza pública desacrediada por un rosario de reformitas a repetición, corrompida por el egoismo sindical y grangrenada, desde hace años, por una camarilla de “preciosos ridículos”, reinando sobre sus programas y la formación de los maestros? Fumaroli no solo teme que la decadencia burocrática del sistema de enseñanza nacional incremente el iletrismo y destruya las raíces de una vieja cultura secular. A su modo de ver, viejos maestros y discípulos renuentes a las sirenas administrativas, políticas e ideológicas dominantes, todavía consiguen transmitir casi clandestinamente, y contracorriente, el legado esencial de una cultura amenazada por un Estado cultural (14) que tiene la pretensión mesiánica de ser una religión filantrópica moderna, pero funciona como una oligarquía mafiosa, destruyendo las semillas espirituales de la cultura, degradada en instrumento de agitación publicitaria al servicio del poder político de turno.

Quizá nadie como Fumaroli ha denunciado, con un vigor y una sabiduría tan ejemplares, la versión francesa de la cultura de Estado. Aspecto decisivo del déclin no analizado por Baverez, pero que ilustra la realidad abismal de tal proceso: una cultura vampirizada por sus administradores; dispuestos a transformar el sistema educativo en un apéndice de su incultura; capaces de convertir el patrimonio artístico y cultural en un parque de atracciones; sin escrúpulos por degradar todas las artes a la condición de fuegos artificiales, manipulados interesadamente por quienes someten a los creadores al yugo de las subvenciones arbitrarias, sin la gracia luciferina de Circe.

Rastreando las raíces últimas de tal proceso desalmado de corrupción política del espíritu, hasta hundir a su patria en un abismo de insondable vulgaridad desalmada, Fumaroli subraya que la versión francesa de la cultura de Estado se la ha inventado una oligarquía víctima de numerosos complejos, un poco mitómana, muy megalómana, rozando la paranoia, con muy poco de verdadera cultura. El rango de Francia, escribía Fumaroli hace doce años, lleva camino de convertir nuestra cultura en un slogan de agencia turística; y París, antigua capital de inteligencia y buen gusto, en un parque de atracciones. A juicio del ensayista, el filisteísmo tecnocrático de la burocracia cultural de Estado humilla a las élites liberales, prohíbe todas las iniciativas que intentan tomar otro rumbo y corre el riesgo de convertir Francia en un “espacio multicultural de masas. Riesgo que va mucho más allá de las estrictas fronteras nacionales. Como conclusión de su ensayo L’Etat culturel, Fumaroli adoptaba un melancólico tono agonal: Hay pocos errores más funestos, para Francia, y graves, para Europa, que adoptar el modelo francés de Estado cultural. Sin embargo, tal es la tentación más fácil para nuestra oligarquía político-administrativa. Es la vía del encarnizamiento burocrático y de la “creación” convertida en manipulación autoritaria de las costumbres.

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La crisis de identidad del Estado cultural denunciado con tanto brío por Marc Fumaroli se inscribe, al mismo tiempo, en un proceso mucho más vasto: el déclin político, económico y estratégico evocado por Nicolas Baverez, coincide con la crisis de identidad de la República, antigua matriz del Estado y la Nación. Crisis denunciada años atrás con un manifiesto firmado por ocho intelectuales influyentes (15), Régis Debray, Max Gallo, Jacques Julliard, Blandine Kriegel, Olivier Mongin, Mona Ozouf, Anicent le Pors y Paul Thibaud, convencidos de la decadencia de todos los principios donde la institución republicana había echado sus fundamentos históricos y morales, para desembocar en una situación trágica que ellos presentaban de esta manera: La familia, devaluada o estallada (padre en el paro; madre ausente; abuelos en el asilo). La escuela, devaluada y degradada por la ausencia de salidas y la presión asfixiante de la televisión. La antigua matriz del servicio militar obligatorio, desaparecida. El trabajo, precario, inexistente o devaluado. Los partidos y los sindicatos clásicos marginalizados y poco representativos... todas esas crisis superpuestas nos obligan a afirmar que la República debe hoy refundarse, si no deseamos verla derribada.

Tras la constatación de tal deriva de los antiguos pilares del modelo republicano francés, el manifiesto sacaba estas consecuencias sobre el estado moral del tejido social de Francia: Una vez liquidadas las antiguas autoridades que regulaban el ascenso social y la integración de los jóvenes desfavorecidos y los recién llegados, solo nos queda una tierra de nadie, donde deambulan sin rumbo los individuos desintegrados, librados a los nacionalismos de barrio, las solidaridades viscelares de la comunidad religiosa o la banda, el prestigio de los matones y el dinero fácil, los espejismos virtuales de la televisión. Y todo eso ante la ignorancia total de nuestras instituciones, la existencia de un marco jurídico y la idea misma de una Ley. El vespertino Le Monde abrió un debate nacional sobre tales tesis de déclin del modelo republicano nacional, que culminó con un informe titulado La ciudadanía, entre crisis y utopía (16), presentado en estos términos: La crisis de la política y el descrédito de los políticos, la erosión de antiguas solidaridades, la decadencia de las identidades ideológicas, el cáncer del paro: todo contribuye a la crisis de la identidad.

La crisis del modelo republicano (psicológica o real) forma parte forma parte del mismo déclin que Nicolas Baverez trata al escapelo, sin que tampoco a él se le escapen las consecuencias devastadoras del inmovilismo de Estado, que su trabajos reinstalan en el corazón de todos los problemas: Francia es un país que no prepara su futuro. Las elecciones presidenciales del 2002 fueron un verdadero krach cívico. Los franceses viven una angustia profunda ante la evolución de un mundo en el que su patria retrocede. Ante tal situación, deseo confiar en nuestra inteligencia; pero justo es reconocer que el vacío político abre el espacio a la violencia social (17). Paralizado por sus burocracias, víctima del cáncer de su inmovilismo, el Estado francés incrementa las injusticias sociales, fragmenta el tejido social, acelera la destrucción de viejas solidaridades, ahonda un vacío abismal. Mientras el modelo de integración social republicana funcionó con cierta eficacia, el Estado podía prevalerse de sus antiguas regalías. En crisis agonal el Estado providencia, las antiguas tareas filantrópicas toman una fisonomía perversa: la escuela pública llega a transformarse en campo de batalla entre partidarios y adversarios del velo islámico; los privilegios del sector público se transforman en injusticia contra los trabajadores peor calificados; la fragmentación social se agrava a través de una metamorfosis imprevisible del tejido social: entre un 8 y un 10% de la población activa es hoy de confesión musulmana. Los demógrafos estiman que el 20% de la población francesa será musulmana en menos de dos generaciones.

Respondiendo a Nicolas Baverez, para mejor confirmar la tesis del déclin, el historiador de las ideas Alain Besançon subraya que el futuro del islam francés es una de las grandes interrogantes de fondo sobre el futuro mismo de Francia, comentando (18): ¿Qué podemos esperar? Que la democracia diluya lentamente el islam, como hizo antes con la religión cristiana. No se puede descartar tal hipótesis. Pero si eso no ocurre, porque el islam, como el judaísmo, atraviesa una fase de afirmación, comenzaría a constituirse en Francia una nueva sociedad, rica de sus propias élites, formada en nuestras escuelas y nuestras universidades, dispuesta a imponer sus propios criterios. Un acontecimiento de este tipo sería uno de los más graves de nuestra historia, que sufriría una mutación imprevisible, impulsada por diversas corrientes musulmanas.

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¿Será Francia, mañana, una República islámica?... Todavía no estamos en eso. Y quizá haya un mucho de puro fantasma en tales reflexiones atormentadas sobre el incierto futuro de Francia. No es menos cierto que comienzan a proliferar en la periferia de las grandes ciudades los institutos de enseñanza media donde son muy mayoritarios los alumnos musulmanes. Y es una evidencia que influyentes capitales de provincias, como Lille, han cedido a la presión religiosa de la jerarquía islámica, aceptando que las mujeres musulmanas tengan horarios particulares en las piscinas públicas. Se cuentan por millares otros casos mucho más patéticos: los maridos musulmanes no aceptan que sus esposas sean auscultadas, desnudas, en los hospitales públicos de la República laica; donde los médicos deben hacer encajes de bolillos para intentar aliviar el dolor, el sufrimiento y las urgencias médicas de las mujeres musulmanas...

¿Cómo evolucionará el islam francés? Es imprevisible pronunciarse. El espectáculo de los musulmanes piadosos, arrodillados por las aceras de algunos barrios de París, Marsella o Lyon, (tomando la calle para orar, mirando a la Meca, porque sus mezquitas están abarrotadas de fieles) es un espectáculo que sorprende y no deja indiferente. Cinco millones de musulmanes, con una tasa de natalidad más alta que la del resto de la ciudadanía, son una palmaria realidad demográfica, que bien habla de una Francia de nuevo cuño, que tiene muchos otros rostros atormentados.

A principios del siglo XXI, los partidos tradicionales de izquierda o derecha apenas representan a poco menos del 50 o el 60 por ciento de la población. El resto de la ciudadanía oscila entre las tentaciones extremistas de izquierda o derecha; cuando no se refugia en una abstención de protesta indiferente. La extrema derecha lleva veinticinco años instalada en el 20% de los votos nacionales. Desde el 2002, la extrema izquierda trostkista cuenta con unas intenciones de voto semejantes. Entre un tercio y la mitad de los obreros franceses votan a la extrema derecha desde hace más de una década, porque se consideran víctimas de las elites parisinas. Se trata, siempre, de una Francia pobre, marginada, que contempla con verdadero pavor el cosmopolitismo real o virtual de unos gobernantes instalados en sus confortables palacios republicanos.

Es en esa Francia popular y doliente donde Baverez teme la fronda de la violencia social apenas larvada. Es en esos fragmentos sufrientes del tejido social donde los intelectuales de izquierda nacionalista perciben la evidencia de una crisis de identidad de la República. Son esos obreros poco o nada calificados, esos agricultores pobres, esas familias desarraigadas, esos musulmanes sin patria, esos jóvenes sin otro horizonte que la realidad desalmada y virtual de los juegos audiovisuales, esas comunidades de vecinos suburbanos, víctimas de la inseguridad y el desamparo, quienes mejor ilustran con dramatismo la realidad feroz de un déclin que tampoco refleja en su complejidad la realidad última de Francia.

El déclin comparativo no debiera permitirnos olvidar otras evidencias elocuentes. Francia continúa siendo un contribuyente neto al presupuesto común de la UE: muchas carreteras y obras públicas españolas se han pagado durante la última década con los impuestos pagados por los contribuyentes franceses y alemanes. Los grandes mastodontes industriales franceses vegetan hundidos en una crisis agonal. Quizá. Pero la agricultura francesa solo tiene como rival a la agricultura estadounidense en el nuevo mercado internacional. Francia sigue siendo una superpotencia en sectores estratégicos tan sensibles como la tecnología nuclear, el turismo, el lujo o la exportación de bienes culturales: España continúa siendo el primer importador mundial de traducciones de libros franceses. George Steiner piensa que buena parte de la filosofía francesa del último medio siglo es una nota a pie de página del legado de Heidegger. Sea. Pero Yves Saint-Laurent es homenajeado en el MOMA neoyorquino como uno de los grandes creadores del siglo XX. La museística, el patrimonio artístico cultural, los grandes vinos, la alta costura, la arquitectura y el urbanismo monumental, las colecciones de libros de renombre mundial, también son activos materiales e inmateriales de compleja contabilidad. Guardemos nuestros corazones y nuestros espíritus abiertos, para escuchar las nuevas fuerzas que intentan expresarse a través de nuestra historia, proclamaba el maestro Gershom Scholem (19), intentando razonar las metamorfosis de la identidad judía, caída en la tormenta histórica. Quizá el déclin francés sea la expresión de una perplejidad angustiada, una encrucijada y una metamorfosis semejante: Francia cambia de piel, de fisonomía, de cultura; para mejor expresar, quizá, una nueva identidad histórica, que ha comenzado a construir con mucha incertidumbre y dolor.

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1 La France qui tombe, de Nicolas Baverez, París 2003,
2 Déclin suele traducirse por decadencia, ocaso; pero está circunscrito a la esfera estrictamente económica y política de los negocios públicos, y deja en suspenso una posible recuperación, que no tiene la décadence mucho más literaria, saturnal y definitiva.
3 En otro plano, coloquial, aunque muy sintomático, Madame de Barry, amante de Louis XV, ya afirmaba que la Francia de su tiempo foutait le camp... algo así como Francia se va al carajo. Cuatro siglos más tarde, Jean d’Ormesson, gran lector de Madame de Sevigné, estudioso fiel de Chateaubriand y Proust, recitaba su propio réquiem en unos términos muy semejantes, que no necesitan traducción: France, un si doux déclin... Le Figaro, 11.2.2001.
4 Le Monde abría su primera página del 28.11.2003 con este titular: Los hospitales públicos, al borde de la ruptura. Comentando: Asfixiado por la falta de personal, amenazado por la bancarrota, paralizado por la burocracia, el sistema hospitalario francés está al borde de la ruptura. Sus 1500 establecimientos y sus 750.000 funcionarios atraviesan una crisis sin precedentes, agravada por la entrada en vigor rápida de la semana laboral de 35 horas.
5 Francia y Alemania vuelan el Pacto de estabilidad titulaba a toda página Le Monde, 26.11.2003, para resumir con precisión las consecuencias últimas de la incapacidad franco-alemana de cumplir unas normas de rigor presupuestario que fueron concebidas para dar credibilidad al euro y favorecer una zona de prosperidad común. La diputada eurosocialista Pervenche Berès comentaba esa indisciplina de este modo: La única coordinación de la que son capaces franceses y alemanes es ponerse de acuerdo contra la Comisión, cuando corren el riesgo de ser sancionados por su no respeto del Pacto de estabilidad. Meses atrás, uno de los grandes actores de la construcción política europea, Helmult Schmidt, excanciller de Alemania, uno de los padres fundadores del antiguo Sistema Monetario Europeo (SME), ya había hecho un balance feroz de las disolutas relaciones franco-alemanas (Le Monde, 23.1.2003): El antiguo motor franco-alemán ha dejado de existir. París y Berlín hablan de “renovación”, pero se trata de pura auto-intoxicación, con mucho oportunismo e hipocresía.
6 Su Raymond Aron, un moraliste au temps des idéologies, París, 1993, sigue siendo la mejor introducción a la obra del gran maestro del pensamiento liberal francés, digno sucesor de Tocqueville. Les Treinte Piteuses, París, 1995, es una saludable revisión iconoclasta de la historia del despegue económico francés, tras la hecatombe de la segunda Guerra Mundial. Les Orphelins de la liberté, París, 1999, prefigura, en bastante medida, los principios ideológicos de La France qui tombe: una Francia huérfana de una libertad económica que acaba adoptando el comportamiento de Crono: devora las entrañas de la Nación, amenazada por un Ogro o Estado filantrópico y depredador, ineficaz y manirroto.
7 V. De la défense à la sécurité nationale, publicado por Le Figaro, 25 y 26.11.2003, donde amplía, matiza y saca las consecuencias últimas, nacionales e internacionales, de los análisis de base esbozados en La France qui tombe.
8 Raymond Aron comenta en sus Memorias que el talento verbal del general de Gaulle le permitía camuflar sus fracasos y dignificar sus ambigüedades.
9 Le déclin français?, Commentaire, nº 102, verano 2003.
10 R.B., Changer pour progresser, Le Monde, 22.10.2003.
11 T.de M., Une diplomatie affaiblie par les paralysies économiques, Le Monde, 18.9.2003.
12 Chateaubriand. Poésie et Terreur, M.F., París, 2003.
13 M.F., Réforme ou implosion?, Le Monde, 25.9.2003.
14 L’Etat culturel. Essai sur une religión moderne. París, 1991.
15 Républicains, n’ayons plus peur!, publicado por Le Monde el 4.9.1998.
16 La citoyenneté entre crise et utopie. Le Monde, Dossier & Documents, nº 286, abril 2000.
17 Le Figaro Magazine, 3.10.2003.
18 A.B., Repones à Nicolas Baverez, Commentaire, nº 103, otoño 2003.
19 En una conferencia pronunciada en Jerusalén el 6 de marzo de 1970, recogida en Central Conference of American Rabbis Yearbook, 80, 1970.

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