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[Conferencia pronunciada en Jaca, el 26 septiembre 2006, en el XIV Curso internacional de defensa, organizado por la Academia General Militar y la Cátedra Miguel de Cervantes de la Universidad de Zaragoza]
Hablar de inmigración e islamismo, hoy, en Europa, en España, es hablar de algunas de las incertidumbres donde están hipotecadas, al mismo tiempo, en buena medida, la evolución de nuestras sociedades, sus cimientos morales, nuestro bienestar y prosperidad, incluso nuestra seguridad.
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En verdad, Europa misma es el fruto de incontables y milenarias migraciones, no siempre pacíficas. El hombre europeo, si es que existe una especie que pueda llamarse hombre europeo, es el resultado de innumerables migraciones y mestizajes.
Y nuestra seguridad y prosperidad más reciente, la de los últimos cincuenta años, quizá sea el resultado, provisional, hoy por hoy, del diálogo, la solidaridad y el mestizaje con hombres de otras latitudes. No es un secreto que la seguridad militar de Europa se fundó durante bastantes décadas en el paraguas atómico pagado por los contribuyentes norteamericanos, que también pagaron buena parte de la reconstrucción de nuestro continente, en la inmediata posguerra. Durante los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, los distintos modelos económicos europeos, francés, alemán, inglés, sobre todo, pudieron crecer y desarrollarse, crear riqueza y prosperidad, gracias, en bastante medida, a la mano de obra barata de la inmigración que llegaba de muy distintos horizontes. España incluida.
EUROPA RETROCEDE EN LA GEOGRAFÍA MUNDIAL DE LA PROSPERIDAD
Buena parte de aquellos millones de emigrantes españoles, portugueses, griegos, marroquíes, argelinos, etc., se instalaron en Francia, en Alemania, en Inglaterra, en los países nórdicos, y fueron un motor muy eficaz de riqueza y prosperidad. El dinero que ellos enviaban a sus familias también contribuyó a favorecer el despegue económico de sus países de origen. Y ellos mismos, en muchos casos, llegaron a contraer matrimonio en sus respectivos países de acogida, donde terminaron por integrarse de la manera más pacífica, eficaz y finalmente feliz.
Aquella historia feliz tuvo consecuencias perversas, bastante bien conocidas:
Hacia 1973, fecha del primer gran choque petrolífero, Europa comenzaba una nueva página de su historia. La reconstrucción había concluido. El bienestar era evidente. Y los gobiernos europeos decidieron que no se necesitaba más mano de obra inmigrante, barata y poco calificada.
Hacia 1973, los gobiernos europeos decidieron poner fin a las políticas de inmigración que habían contribuido al despegue y prosperidad europea. A cambio, como muestra de cierta generosidad bien entendida, los mismos gobiernos decidieron aceptar el reagrupamiento familiar: los emigrantes que habían trabajado y cotizado en Europa podían reunir a sus familias en sus nuevas patrias de adopción.
Hacia 1973 puede fecharse, con cierta precisión, el origen último, inmediato, de los problemas actuales en materia de inmigración.
El primer choque petrolífero es una encrucijada histórica bastante bien analizada. Y se conocen con razonable precisión las consecuencias bastantes brutales que se derivaron y continúan derivándose de aquel acontecimiento, que dejaba al descubierto, con crueldad, la debilidad mortal de nuestro continente.
Europa dejó de crecer a un ritmo comparable al de los EE.UU., las grandes potencias asiáticas y las economías emergentes. Europa lleva más de veinte años creciendo menos que los EE.UU., e invirtiendo menos en investigación y desarrollo. Todas las grandes instituciones financieras internacionales lo han subrayado una y otra vez durante la última década: Europa continúa retrocediendo en la nueva geografía mundial del poder, la influencia y la riqueza.
Creciendo menos y gastando más en protección social, Europa comenzó a ser víctima del paro de masas. Y, al mismo tiempo, los europeos comenzaron a envejecer. La célula familiar acentuó su crisis. La natalidad disminuyó. La población europea se estabilizó, refugiándose masivamente en las ciudades dormitorio construidas con mano de obra inmigrante.
¿CÓMO CERRAR LAS PUERTAS QUIENES NOS PIDEN PAN Y LIBERTAD?
Desde África, Asia o América Latina, ese rosario de crisis e incertidumbres europeas eran y son poco o nada visibles. Para un marroquí, un senegalés, un guatemalteco, un colombiano o un mauritano, la pobreza de un barrio periférico, en Barcelona, París, Londres o Estocolmo, es una mina de oro, una promesa muy atractiva de salir del hoyo sin fondo conocido de la miseria africana, asiática o americana.
Oficialmente, los distintos Estados europeos habían comenzado a cerrar sus fronteras a todo tipo de inmigrantes económicos, entre 1973 y 1977. Sin embargo, la inmigración continuaba llegando a buen ritmo: el reagrupamiento familiar, permitía y permite, con muchos matices, la llegada bien legal de hijos, esposas, primos, nietos, incluso amigos, con documentación más o menos regular o irregular.
Esa inmigración no deseada, pero consentida, o asumida, a regañadientes, comenzó a precipitar problemas de nuevo cuño durante los años setenta y ochenta del siglo pasado. En Inglaterra se produjeron estallidos de violencia racista suburbana. En la periferia de París, donde, por entonces, todavía eran muy mayoritarios los municipios comunistas, algunos alcaldes llegaron a destruir físicamente pobres hoteles para inmigrantes pobres, creyendo poner fin a las filiales de la inmigración norteafricana.
Con muchos matices nacionales, el mismo problema comenzó a propagarse en toda Europa. Aparecieron filiales no siempre legales de inmigración no deseada. Y la misma liberalidad relativa de los Estados europeos comenzó a precipitar problemas de nuevo cuño. En las fronteras entre Francia e Inglaterra, entre Alemania, todavía dividida, y sus vecinos del Este, comenzaron a florecer problemáticos puntos fronterizos, donde los aspirantes a entrar en la Europa rica se hacinaban de mala manera, a la espera de atravesar las fronteras por cualquier medio, como años más tarde terminarían hacinándose en Ceuta, en Melilla, o en las Canarias.
Por aquellos años, las amenazas terroristas, la delincuencia internacional, el tráfico de drogas, habían obligado a los aliados europeos a reforzar sus políticas de cooperación policial. Y surgieron muchos proyectos, realizados y difuntos, para reforzar la lucha común en la defensa e impermeabilización de las fronteras.
Aquellas políticas policiales de los años ochenta y noventa del siglo pasado echaron los fundamentos de lo que pomposamente se llama la Europa de la seguridad interior. Sin embargo, el hundimiento fáustico de la antigua Unión Soviética y los países comunistas del Este europeo también comenzó siendo un problema de inmigración: la gente se tiraba a la calle, tomaba la carretera y se iba hasta la frontera más próxima. Los principios de la libre circulación de personas y mercancías, en la Europa rica, son tan eficaces y atractivos, que no siempre era fácil cerrar las fronteras a aquellas hileras de gente pobre que pedía pan y libertad.
Las fronteras entre el Este y el Oeste de Europa se hundieron por muchas razones, culturales, económicas, políticas y militares. Pero las presiones migratorias, durante los últimos años del comunismo, también jugaron un papel significativo, en algunos casos concretos. Con un efecto llamada de inmensas consecuencias. No es fácil cerrar las fronteras a centenares, decenas, millares, decenas de millares de hombres y mujeres indefensos que pedían y piden, desde las mismas u otras fronteras europeas, pan, justicia y libertad.
Con eficacia relativa, los países europeos comenzaron a temer que, en verdad, los inmigrantes asiáticos, en países como Inglaterra, o africanos, en Francia, o americanos, en España, podían convertirse en un problema incontrolable, e intentaron negociar acuerdos más o menos afortunados con sus antiguas colonias, para intentar poner puertas al campo. En vano.
EUROPA ENVEJECE Y NECESITA INMIGRANTES
Los inmigrantes han seguido llegando. De manera ilegal o "alegal". Una de las maneras más convencionales de instalarse en Europa es llegar en avión, con un pasaporte, totalmente legal, y luego perderse en las grandes ciudades europeas, para vivir una nueva vida, con papeles o sin papeles. En Madrid, en Barcelona, en Londres, en Roma, en París, es relativamente fácil vivir años y años, sin papeles totalmente legales. Los papeles falsos pueden comprarse. Y puede vivirse y trabajar con relativa facilidad, sin papeles, haciendo pequeños trabajos mal remunerados pero finalmente más rentables que vivir en la miseria absoluta, en África, Asia o las Américas.
Esa inmigración que comenzó a instalarse en Europa a finales del siglo XX y principios del siglo XXI abre una nueva e imprevisible página en la historia política, económica y cultural de nuestro continente, cuya seguridad, interior y exterior, también está hipotecada a la incertidumbre que se desprende de tales problemas. Baste recordar las guerras de los Balcanes o la inestabilidad potencial de Argelia o Marruecos.
En el terreno económico, nadie duda que Europa será más pobre y frágil sin inmigrantes. Por estas razones bien conocidas, hace desde años:
* Europa está envejeciendo demográficamente. Dentro de apenas quince o veinte años, los jubilados europeos serán tan numerosos como los hombres y mujeres en edad legal de trabajar. Y ese envejecimiento tiene un costo económico muy duro. La falta de mano de obra no facilitará la producción de riqueza. El pago de las jubilaciones será muy gravoso para las nuevas generaciones.
* En Europa, hay muchos sectores de producción de riqueza que ya necesitan mano de obra inmigrante. Hoy, la construcción y la agricultura europeas solo son parcialmente rentables gracias a la mano de obra inmigrante. Mañana, la mano de obra inmigrante será indispensable en muchos otros sectores.
* Con o sin inmigrantes, los europeos tendrán que trabajar más, mañana, si aspiran a conservar sus niveles actuales de prosperidad y protección social. La Comisión Europea y la OCDE, entre otras instituciones internacionales, llevan años recordándolo: el envejecimiento de Europa solo puede combatirse trabajando más, teniendo más hijos, recibiendo más inmigrantes y saneando las cuentas de unos Estados cuyos gastos sociales solo pueden sanearse ahorrando y pagando más cotizaciones.
Esas evidencias materiales, económicas, sociales, presupuestarias, chocan con otra realidad, brutal: los inmigrantes, recientes o ya instalados en Europa, también se han convertido en un problema político, social y cultural, que ha tenido muchas manifestaciones, durante los últimos quince o veinte años: estallidos de violencia racial en Alemania e Inglaterra; proliferación de guetos urbanos que comienzan a convertir las sociedades europeas en archipiélagos de comunidades religiosas o culturales, que no siempre se entienden entre ellas; estallidos de violencia suburbana, de intensidad variable, pero creciente.
APOCALÍPTICOS E INTEGRADOS
Solo recordaré tres casos todavía bien recientes:
* La crisis europea, primero, y mundial, más tarde, precipitada por unas caricaturas de Mahoma publicadas en un periódico de Dinamarca.
* La crisis de los suburbios franceses, que terminó precipitando un estado de emergencia nacional.
* Las crisis de Ceuta, Melilla y las Canarias, en unas fronteras nacionales bien sensibles para la identidad e integridad nacional. No se si es necesario recordar los sucesos de la Marcha Verde marroquí sobre el antiguo Sahara español para advertir hasta que punto las crisis puramente humanitarias, en las Canarias, pueden transformarse con rapidez inflamable en conflictos de muy otra naturaleza.
Pero seguiré deteniéndome, tan solo, en algunos de los problemas culturales, sociales, religiosos y políticos que plantea la inmigración en Europa; o, mejor, en algunos países europeos.
Ya en la Inglaterra de los años setenta y ochenta del siglo pasado se produjeron graves estallidos de violencia racial. Y la más reciente crisis de los suburbios franceses, durante el mes de noviembre del 2005, es un ejemplo temo que ideal para intentar comprender lo que está ocurriendo en los suburbios de algunas grandes ciudades europeas.
De entrada, un matiz que me parece capital: no hay problemas muy mayores con la inmigración recién instalada de manera legal o ilegal, en ningún país europeo. El inmigrante pobre de misericordia que consigue llegar a Madrid, Barcelona, Londres, París, Roma, o Berlín, tiene tantos problemas de subsistencia inmediata, que huye como la peste de cualquier protesta. El inmigrante pobre de misericordia solo sueña con instalarse, conseguir papeles y algún trabajo con el que poder sobrevivir y ayudar a su familia, en África, Asia o América.
Los problemas de fondo comienzan, en toda Europa, con los inmigrantes de la segunda o tercera generación, que han dejado de ser inmigrantes, han nacido en sus países de adopción e incluso son ya franceses, ingleses, alemanes o españoles de adopción. Son los hijos y nietos de los inmigrantes de los años cincuenta, sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, quienes tienen mayores problemas de identidad. Con algunos matices culturales que me parecen importantes. No creo que haya problemas particulares con los hijos o nietos de inmigrantes americanos instalados en España: la lengua, la religión, la cultura, facilitan una integración bastante sólida. Otro tanto ocurre, en Alemania, con los inmigrantes de Europa del Este, a pesar de las barreras idiomáticas. En Francia o Alemania, los inmigrantes españoles, griegos o italianos tampoco tuvieron gravísimos problemas particulares.
El caso de los inmigrantes, hijos o nietos de inmigrantes de distinta raza y religión en Francia e Inglaterra, por el contrario, si plantea inquietantes problemas de muy otra índole. Y el caso de los turcos, en Alemania, tiene su dinámica e incertidumbre propias. Pero la mundialización de los medios de comunicación y la crisis de fondo de las sociedades europeas han creado grietas que no dejan de ahondarse y quizá pudieran llegar a ser abismales, en algunos casos.
CRISIS DE INSONDABLE CALADO
En Dinamarca, por ejemplo, el mestizaje y la cohabitación cultural parecían funcionar con eficacia. Durante varias décadas. Hasta que la publicación de unas caricaturas de Mahoma desató una crisis nacional, europea y mundial, sencillamente incendiaria.
En Francia, se han invertido miles de millones de euros, y se han construido ciudades dormitorio, especiales, desde hace más de treinta años, con el fin de intentar facilitar la integración republicana de los inmigrantes, en la escuela. Con resultados muy modestos.
Los inmigrantes de la primera generación llegaron a sacar adelante a sus familias. Y la integración parecía funcionar. Sus hijos ya nacieron en Francia, y, en la mayoría de los casos, nunca han podido ni deseado volver a Marruecos a Argelia. Esos franceses de origen marroquí o argelino han crecido en las escuelas francesas. En muchos casos, la escuela ha funcionado con eficacia. Sin embargo, según todos los indicadores más o menos verificables, también es cierto que la integración de los hijos o nietos de inmigrantes no siempre se consuma con la eficacia deseble, con unas consecuencias catastróficas:
* Entre la población penal, son muy mayoritarios los inmigrantes o franceses de origen norteafricano.
* Las parejas o matrimonios mixtos funcional mal, con tasas de divorcio muy superiores a la normal.
* Las tasas de paro juvenil son mucho más altas entre los franceses de origen inmigrante.
En el caso francés, como en el caso inglés, me temo, esa realidad social bien conocida coincide con otra realidad cultural quizá más brutal, si cabe. Inglaterra y Francia han facilitado la nacionalidad a los hombres y mujeres nacidos en sus antiguas colonias, con un ánimo integrador bien evidente. Sin embargo, los franceses de raza negra y convicciones religiosas muy diversas, nacidos en los antiguos territorios de ultramar, tienen todos los papeles, derechos y responsabilidades de los franceses de raza blanca, católicos y nacidos en la metrópolis. Pero unos y otros se miran con una desconfianza absoluta. Mientras no llegan a cruzarse, en el metro, en el trabajo, en el barrio o la ciudad dormitorio, no hay problemas. Los problemas comienzan cuando el paro, la escuela o el hospital, condenan a unos y otros a una cohabitación forzosa que puede provocar problemas de difícil solución.
"¡MENOS ESCUELAS Y MÁS PROSTÍBULOS...!"
La crisis francesa del mes de noviembre del 2005 ilustró a la perfección el estallido violento de ese rosario de problemas inconfesables, anunciándonos el riesgo de posibles conflictos por venir. Ya que la propagación de la violencia suburbana, con incendios y pillaje de escuelas y hospitales, no tuvo ningún origen social, ni económico, ni político grave: los problemas de fondo eran y continúan siendo la desintegración de la célula familiar; el fracaso de la escuela republicana como factor de integración y ascensor social; y el nihilismo destructor, sin rumbo conocido, de una o varias generaciones de jóvenes nacidos en familias de inmigrantes, que nunca conocieron los valores de una familia o una religión, y que solo esperan del Estado la prestación de unos servicios sociales gratuitos, sin obligaciones morales o cívicas particulares.
Se trata de problemas que van mucho más allá de las fronteras de los suburbios parisinos o franceses. Pero que en París y otras grandes metrópolis europeas tienen y continuarán teniendo una importancia capital. Los problemas de orden público pueden resolverse, mal que bien, con recursos más o menos tradicionales. Digámoslo así. Pero la crisis de las caricaturas de Mahoma, la crisis de los suburbios franceses, las crisis de Ceuta, Melilla, o las Canarias, tienen unas componentes muy complejas que afectan a los cimientos donde se funda todo el gigantesco edificio político, económico, cultural y religioso europeo.
Las crisis de Ceuta, Melilla y las Canarias quizá comiencen por tener un origen económico y cultural. Pero ningún Estado europeo puede por sí solo resolver los problemas de crecimiento, desarrollo y miseria de masas en el continente africano. Y no es evidente que las soluciones provisionales, de carácter meteorológico, policial o militar, vayan a resolver el problema de fondo, que puede complicarse y ramificarse con una facilidad pavorosa en fronteras nacionales sobre las que pudieran continuar ejerciéndose presiones de la más diversa naturaleza. Solo pondré un ejemplo: ¿Qué pudiera ocurrir el día que Marruecos o Argelia tengan gobiernos islámicos que consideren oportuno poner en práctica políticas religiosas proselitistas más o menos agresivas? La experiencia de la crisis de la isla de Perejil me temo que pudiera ser un modelo más o menos verosímil de las crisis que pudieran precipitarse en un futuro más o menos lejano.
La crisis de los suburbios parisinos y franceses también comenzó por tener un origen meramente económico y cultural: la no integración de adolescentes y jóvenes franceses, mayoritariamente negros, de convicciones religiosas nulas o muy variopintas. Sin embargo, aquellas cuatro o cinco semanas de violencia étnica, también dejaron al descubierto numerosas cuestiones pendientes, indisociables de los problemas migratorios. Solo pondré un ejemplo gráfico. Entre las pintadas de aquellas jornadas de incendios y violencias hubo una que sigue pareciéndome sintomática y trágica. En el muro de una escuela de la periferia parisina, alguien escribió a grandes rasgos, con signos de exclamación: "¡Menos escuelas y más prostíbulos!".
Casi todo está dicho con cuatro o cinco palabras: hundimiento de la familia, destrucción de la escuela, inexistencia de ningún principio ético, lujuria rapaz proponiendo la Ley de la selva.
Europa está y estará necesitada de inmigrantes. Pero es una evidencia que la no integración de los inmigrantes de la segunda o tercera generación es un problema que pudiera agravarse con el tiempo. Y esa falta de integración, esa metamorfosis del tejido social, no es totalmente indisociable del problema de los inmigrantes que esperan instalarse, por cualquier medio, en la periferia de algunas metrópolis europeas, cuando Europa, hoy por hoy, ha tomado medidas policiales contra la inmigración no deseada. Se trata de problemas bien distintos, pero que no siempre es fácil separar, en términos políticos.
METAMORFOSIS CULTURAL PROFUNDA
El cierre más o menos drástico, más o menos eficaz, temporalmente, al menos, de las fronteras europeas es una realidad bastante palmaria en casi toda Europa, donde todo tipo de gobiernos de izquierda y derecha han ido tomando medidas policiales contra la inmigración indiscriminada, intentando paliarlas con algunas medidas, no sé si muy eficaces, intentando favorecer algunas formas de inmigración selectiva. Está por ver como evolucionarán esos proyectos de recepción deseada, más o menos dirigida hacia sectores económicos más o menos atractivos.
De momento, desde hace pocos años, el oleaje más visible de inmigrantes pobres o muy pobres que intentan entrar en Europa por sus fronteras mediterráneas coincide con la superposición de crisis precipitadas por la mala o nula integración de los inmigrantes de la segunda o tercera generación. Los problemas de las familias y las adolescentes musulmanas que desean ir a las escuelas públicas francesas tocadas con su velo islámico no tienen nada que ver con los problemas de los senegaleses jóvenes abandonados en las playas de Almería o las Canarias. Sin embargo, siendo lo que son las cosas de la comunicación, en nuestro tiempo, hace años que continúa creciendo una amalgama peligrosa que enturbia la visibilidad de la realidad harto compleja de los problemas de fondo.
En términos puramente demográficos, las poblaciones inmigrantes todavía son relativamente modestas, en la Unión Europea.
En Europa, los países más afectados por la inmigración son, por este orden, Alemania, Austria, Bélgica, Grecia, Francia y Suecia, donde las poblaciones inmigrantes ascienden al 8.9, el 8.8, el 8.2, el 7, el 5.6 y el 5.3 por ciento. En el resto de la Unión, la población es sensiblemente inferior. En el 2004, había unos 15 millones de inmigrantes legalmente establecidos en la Unión. Cifra relativamente alta. Pero nada trágica. Sin duda, esas cifras globales también ocultan realidades muy distintas. En algunos centros urbanos ingleses, alemanes o franceses la población inmigrante puede presentar problemas locales. Pero no se trata, nunca, de un problema global ni inquietante. En términos puramente demográficos y económicos, Europa puede y quizá deba recibir más inmigrantes. Y el caso español demuestra que, en verdad, la inmigración bien integrada puede ser un motor eficaz de progreso, desarrollo y prosperidad económica.
Descartada, pues, la "amenaza" inmigrante, entre comillas, no es menos cierto que Europa está sufriendo una metamorfosis cultural profunda. Y los primeros rasgos bien visibles de tal metamorfosis son el envejecimiento, la floración de guetos urbanos de muy distinta obediencia religiosa y cultural, y los estallidos de crisis a repetición.
EMERGENCIA DEL ISLAM EUROPEO
Entre los distintos rostros de la metamorfosis cultural de Europa, uno de los más evidentes también está íntimamente asociado a la inmigración de los últimos treinta o cuarenta años, en algunos países europeos, comenzando por Francia. Me refiero a la lenta emergencia de un Islam europeo.
En Europa hay unos 15 o 20 millones de inmigrantes legales o ilegales. Se trata de una población muy diversa, de procedencia muy variada, europea, africana, asiática, americana, con raíces culturales muy distintas. Al mismo tiempo, hay otros 18 o 20 millones de europeos de religión musulmana. La gran mayoría de los musulmanes europeos provienen de la inmigración de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado. Los hijos y nietos de aquellos inmigrantes son hoy franceses, ingleses o alemanes de religión musulmana. Aunque también hay musulmanes europeos de otras procedencias. Al sur este de Europa, en los Balcanes, los musulmanes llevan siglos instalados, en cohabitación no siempre fácil, ni sencilla, como demostraron las últimas guerras balcánicas.
En el resto de Europa, los musulmanes tampoco forman poblaciones homogéneas, en ningún Estado. El Islam es hoy la segunda religión europea. Y los musulmanes son una parte más que significativa del tejido social en Francia, donde hay de 5 a 6 millones de musulmanes, el 8 o el 9 por ciento de una población de 63 millones. En Alemania hay 3 millones de musulmanes, el 3.6 por ciento de 82 millones y medio de ciudadanos. En Holanda hay casi un millón de musulmanes, el 6 por ciento de una población de menos de 16 millones.
Poco importa, me digo, la exactitud poco matemática de esas cifras, que cambian con rapidez. La importancia del Islam europeo no solo radica en su vigoroso crecimiento demográfico y en sus relaciones muy complicadas con la inmigración. La importancia del Islam europeo es indisociable de la importancia planetaria del Islam. Y de la mala integración de una parte significativa de los musulmanes europeos.
En verdad, quizá sea excesivo y simplificador hablar de un Islam europeo. Solo en Francia hay una docena larga de sensibilidades musulmanas, oficialmente reconocidas, establecidas y organizadas. El Islam francés es un Islam plural, que tiene unas peculiaridades propias, con respecto al Islam belga, alemán, danés o inglés. El problema esencial que tienen en común las más diversas familias del Islam europeo es un complicada y no siempre afortunada integración cívica, ciudadana, indisociable de una cierta relación conflictiva entre la fidelidad a las creencias religiosas, que son cosa individual, y la fidelidad a los principios cívicos de cada Estado, donde se funda la convivencia ciudadana, en definitiva, en las sociedades libres.
¿RELIGIÓN, ESTADO, NIHILISMO..?
Ese enfrentamiento entre los principios morales y religiosos individuales, y los principios cívicos de un ciudadano en una comunidad de hombres libres, tiene en el caso de los musulmanes europeos orígenes muy diversos. Pero el resultado es con frecuencia conflictivo:
* Los musulmanes piadosos tienen tendencia, en algunos casos significativos, a desconfiar de unos principios políticos que pueden llegar a chocar con sus principios religiosos. Véase el caso de los musulmanes franceses que desean que sus hijas vayan a la escuela tocadas con un velo. La jerarquía política y religiosa intenta canalizar esa desconfianza. Pero no siempre es fácil. Unas caricaturas de Mahoma, en un periódico danés, o una conferencia del Papa, en Alemania, y la desconfianza se transforma pronto en algo más grave e imprevisible, incomprensible, para quienes no comparten la misma fe religiosa.
* Los musulmanes poco piadosos, por su parte, tampoco se reconocen siempre en los valores cívicos de la mayoría de los Estados europeos, donde ellos suelen sentirse marginados, con razón, con alguna frecuencia.
* Los musulmanes más jóvenes se sienten muy a menudo bastante desarraigados. Nunca conocieron la patria de sus ancestros. Y se consideran casi siempre víctimas de los Estados donde sus padres o abuelos encontraron cobijo.
* Por supuesto, también hay musulmanes poco o nada practicantes, perfectamente integrados. Pero también ellos terminan por verse involucrados en unos conflictos nacionales, continentales e internacionales, tomando partidos que, con frecuencia, abren nuevas brechas de división entre los europeos de distinta creencia política.
En términos puramente demográficos, la realidad emergente de un Islam europeo no tiene una importancia excepcional. En definitiva, 20 millones de musulmanes desperdigados entre una veintena de Estados, con unos 455 millones habitantes, no me parece un drama histórico evidente, hoy por hoy. El fantasma de una Europa definitivamente musulmana, a mediados de este mismo siglo tampoco me parece una posibilidad muy palmaria. Es evidente que la natalidad de los musulmanes europeos es más alta que la natalidad de los europeos católicos, judíos, hindúes o sencillamente agnósticos. Pero ese desequilibrio tampoco me parece que pueda modificar de manera espectacular los actuales equilibrios demográficos en los próximos veinte, treinta o cuarenta años.
Por otra parte, el Islam tampoco es nada homogéneo en todo el continente. El Islam tiene una importancia muy significativa en Francia, en Inglaterra, en Alemania y en los Balcanes.
En los Balcanes, el Islam es indisociable de una fragmentación étnica y religiosa de un alcance regional incendiario. Baste recordar las dos guerras mundiales y las más recientes guerras balcánicas, que obligaron a Europa a reclamar la intervención militar de los Estados Unidos, sin un mandato diáfano de Naciones Unidas.
En Alemania, el Islam está asociado a la inmigración turca. Y la negociación del posible ingreso de Turquía en la Unión Europea plantea por sí sola insondables problemas. No es fácil imaginar como pudiera integrarse en Europa un gran país de 70 millones de habitantes mayoritariamente musulmanes. En este caso, la integración o no integración de la inmigración turca, en Alemania, quizá termine por sufrir las tensiones indisociables de unas negociaciones que pudieran durar muchos años.
En Inglaterra y Francia, como en Bélgica, en otras proporciones, el Islam nacional es una prolongación de los problemas de la descolonización. Y, en ambos casos, la no integración de los musulmanes más jóvenes se ramifica con frecuencia con los problemas políticos y militares internacionales más inquietantes.
INMENSA CRISIS MORAL
Durante la última década, la opinión pública ha descubierto, inquieta, que jóvenes musulmanes franceses, ingleses, europeos, han participado en distinta medida en magnicidios y atentados terroristas de evidente alcance planetario.
Se trata de una realidad emergente, que sería imprudente tratar a la ligera. Las informaciones policiales y militares, inglesas y francesas, los estudios realizados por especialistas independientes, llegan siempre a las mismas conclusiones básicas:
* Entre los hijos de inmigrantes, nacidos en Inglaterra y Francia, durante los últimos veinte o treinta años, el descubrimiento del Islam ha funcionado como un sustituto parcial a la desintegración de la familia y la no integración plena en la vida cívica.
* Entre los mismos hijos de inmigrantes, atraídos por la piedad musulmana, la solidaridad viril, en un campo de batalla, en los Balcanes o en Afganistán, ha terminado creando redes de solidaridad y apoyo mutuo, con vocación terrorista, inmediata o potencial.
Quizá sea injusto, exagerado e irrealista temer que todos los musulmanes franceses pueden sentir en un momento u otro la tentación de la violencia. De hecho, durante la crisis de los suburbios ocurrió exactamente lo contrario: los imanes de barrio se tiraban a la calle cada noche, pidiendo a los alborotadores que cesaran sus violencias, en nombre del Islam. Y, en bastante medida, los intentos estatales de integración del Islam en la vida política nacional, en toda Europa, desde los años ochenta del siglo pasado, con relativa fortuna, han intentado combatir esas tentaciones y descarríos nihilistas.
Hechas tales matizaciones, imprescindibles, es una evidencia que el Islam europeo tampoco se salva de la inmensa crisis moral, religiosa, cívica y política de Europa. Cuando todavía existía la Unión Soviética, si los institutos de opinión preguntaban a un ciudadano francés "¿qué hacer?" si el Ejército Rojo llegaba a Estrasburgo, la respuesta masiva era siempre la misma: "Negociar". Pocas décadas más tarde, el cansancio moral, la demografía declinante, el crecimiento económico relativamente modesto, las incontables divisiones locales, regionales, nacionales, estatales, continentales, no ofrecen de Europa un retrato moral mucho más esperanzador.
Es en ese marco donde la inmigración y el Islam europeo abren y ahondan fallas de alcance imprevisible, ya que modifican significativamente los fundamentos del tejido social en algunas islas o archipiélagos urbanos que quizá pudieran continuar proliferando, con el tiempo.
EUROPA, ACTOR SONÁMBULO
Hacia el final de su vida, Raymond Aron afirmaba que, en verdad, los europeos aspiran a salir de la historia cuando otros pueblos aspiran a entrar por la puerta grande del derramamiento de sangre.
En apariencia, hoy por hoy, los europeos no tenemos ni la voluntad ni los recursos imprescindibles para pesar de manera determinante en los sucesos amenazantes que se suceden a las puertas más o menos lejanas de nuestros frágiles edificios institucionales. Y estamos muy divididos y sentimos verdadero pánico al compromiso unitario, cuando es necesario tomar decisiones más o menos dolorosas.
Los inmigrantes, por el contrario, están animados por una fe ciega en su necesidad bien humana de salir adelante en la vida. Y los musulmanes europeos defienden sus convicciones con una energía que no siempre tienen los europeos de otras convicciones religiosas. Hoy por hoy, los equilibrios demográficos, políticos y culturales quizá favorezcan una cierta estabilidad relativa. Pero se trata de una estabilidad precaria, poco favorable al progreso del bienestar y las libertades.
Como subrayaba Raymond Aron, Europa parece aspirar a la estabilidad, la paz, huyendo del fragor de la historia inmediata que los europeos contemplamos desde los balcones de nuestra declinante prosperidad. Sin embargo, en los Balcanes, en Oriente Medio, en el Mediterráneo occidental, la historia cabalga a un ritmo vertiginoso, con mucho derramamiento de sangre, con frecuencia. Los inmigrantes de ayer, de hoy y de mañana, contemplan tales conflictos desde ópticas bastante más comprometidas. Y los sujetos pasivos de hoy, en nuestras fronteras, quizá puedan convertirse en sujetos activos, mañana. Por su parte, los musulmanes europeos se consideran ellos mismos partícipes de una aventura religiosa colectiva, que va mucho más allá de las fronteras de Oriente Medio y de Europa.
No sin cierto candor, los Estados europeos fingen creer que la organización política de los musulmanes de Europa permitirá integrar y controlar, de alguna manera, la evolución forzosamente dinámica del Islam europeo. Los mismos Estados buscan sin encontrar, por ahora, alternativas a una inmigración temida y necesaria. No hay respuestas simples para tales cuestiones. Intentando diseccionar tales problemas, con cierta ligereza, quizá, mi único deseo era subrayar lo esencial: inmigración e Islam europeo son dos de los problemas capitales donde está parcialmente hipotecada la prosperidad y la seguridad de Europa, mañana.